La simplicidad del amor


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Cuando hablo de amor viene a mi mente metáforas y poemas, pero no es de ese amor platónico que se escribe o se lee en las novelas. Simplemente pretendo expresar lo que es para mí ese sentimiento, natural y real como lo conocemos todos aquellos que lo hemos experimentado en algún momento.

Es enamorarse sin temor a lo que pensarán los demás, sonrojarse cuando ven a esa persona, estremecerse cuando se está a su lado, no encontrar las palabras precisas para entablar una conversación y entonces tener que recurrir al lenguaje del corazón y, con una mirada, decirle cuánto deseas estar a su lado para siempre y unirse a él con una cinta de acero.

El amor es la ternura de compartir una café en las mañanas, tomarnos de la mano cuando vemos la televisión o vamos por la calle, que me sorprendan con un abrazo cuando menos lo imagine o me digan al oído algún secreto.

Es ver cómo crecen nuestras dos semillitas y la felicidad inmensa cuando pronuncian a medias nuestros nombres. Es sentir mariposeo en el estómago cuando sé que se acerca la hora en la que llegas a casa y recibo la caricia que tanto añoro.

Amor es construir sueños y encontrar entre los dos la manera de hacerlos realidad; es que lidien con mis defectos y yo con los suyos, que me quieran entera y no por zonas de luz o de sombras, que siga siendo mi amigo y mi cómplice de travesuras.

Entonces hablar de ese sentimiento único se hace más fácil porque es decirle al universo gracias por conspirar para mí, por embargar mi alma de dicha, por entregármelo a él para poder recordarle, a pesar de la cotidianidad, cuanto lo amo.

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