Cuando Los Ángeles recobran sus alas


8 11 bExisten lugares que marcan la vida para siempre, tal vez por los recuerdos o por esos encantos escondidos que solo se descubren ante la mirada de alguien que siente desde el corazón una emoción que le llena el alma cuando después de recorrer varios kilómetros acompañados del duende del bache va acercándose a estos sitios en los que muchas veces sientes que el tiempo se ha detenido.

Es como si cada piedra, árbol o pedazo de cielo te diera la bienvenida y te hiciera rememorar los juegos de la infancia con tus amigos del barrio, tu primera salida a aquella fiesta de 15 que tuvo su fin como la de la Cenicienta y entonces el pasado se trastoca con el presente y vuelves a la realidad con el saludo cariñoso de quienes te han visto crecer y se alegran cuando te ven regresar.

No faltan las sonrisas y los temas para conversar. Es una felicidad indescriptible que se mezcla con una nostalgia inmensa y es que sin darte cuenta estas ahí, frente a esa casa que ahora solo tiene los cimientos de lo que fue el hogar de tu familia por generaciones. El olor a las violetas del jardín de la abuela María te inunda y vuelves a revivir esos momentos de desayunar café claro de colador y pan calientico, de los dulces de coco hechos en el fogón de leña o del sonido del chirivisco barriendo el patio con el primer canto del gallo.

En ese instante es cuando descubres lo maravilloso que puede ser un poblado que fue bautizado como Los Ángeles y en el que cada una de sus calles lleva el nombre de flores; que aunque nada tiene que ver con Colombia tiene una “barranquilla”; un “cedral” sin bosque de esta especie de árbol; un tanque con capacidad para un millón de litros de agua; un Barrio que en su tiempo se llamó Nuevo y que por azares del destino se convirtió en Carraguao o el tal vez único en su tipo, Nuevo Amanecer, porque a la salida del sol ya existía un vecino instalado con una vivienda fabricada de la noche a la mañana y que acogió como una más de sus hijas a la última jamaiquina que vivió en el municipio de Banes.

Sin embargo, el que vive en este lugar, tal vez por la cotidianidad, no note los cambios, pero quien se ausenta por un tiempo se da cuenta de los aires de renovación y encuentras, a la entrada la cooperativa Regino Guerrero, que crece en sus producciones de frijol; a la “Tienda Nueva”, que recibe junto la policlínica, una reparación que le permitirá mejorar sus servicios; la cafetería, que como siempre, vistosa en colorido, brinda variadas ofertas; un tráiler de CIMEX, que facilita mercancías de primera necesidad y un parque que para muchos se ha convertido en leyenda por las fiestas e historias que han surgido bajo la sombra de sus fiscos, y aunque aún no luce el aspecto que siempre se ha deseado, para que también recibirá las pinceladas de las reformas que se llevarán a cabo en este consejo popular banense.

Y si me adentro un poco más, siento que todavía tengo edad escolar y recorro el camino inolvidable para todos aquellos que aprendimos nuestras primeras letras en las aulas de la escuela Juan Pedro Carbó Servía, centro de enseñanza en el que aprendí el verdadero significado de la amistad, y quizás también algunos “trucos” que me han permitido abrir muchas puertas en mi profesión.

Entonces descubres que no es solo la añoranza por lo vivido, las personas que te regalan su cariño y los aires de renovación que se respiran, es que simplemente existen lugares que dejan huella en el corazón y hacen pensar en la necesidad de que Los Ángeles recobre sus alas.

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