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El cubano de la eterna sonrisa

Soy de las personas que adora reír, dicen que es la sal de la vida, o quizás el azúcar que endulza los propios infortunios de la existencia humana, pero definitivamente reír es bueno, no solo por los beneficios que aporta a la salud física, sino por lo que tributa al alma y su marcada influencia en el aspecto social.

Quizás por risueño o, mejor dicho, por alegre y positivo, me siento identificado, desde pequeño, con una figura esencial de la historia de Cuba, el Héroe de Yaguajay, el del sombrero alón y la sonrisa franca. La historia de Cuba está signada por varios hombres cabales, valerosos e invaluables, pero Camilo es Camilo, el cubano jovial, sastre de oficio, que supo marcar y cocer un traje verde olivo con ribetes rebeldes a la medida de toda una nación, el amigo fiel que no iba contra Fidel ni en la pelota, y al cual le preguntara, el mismo día de su entrada a La Habana, el 8 de enero de 1959: “¿Voy bien, Camilo?” En fin, el hombre que nació del pueblo y vivió para él, con todo el cariño y reconocimiento social que merece.

Mi primer acercamiento a Camilo Cienfuegos fue en la enseñanza primaria, cuando los pioneros de Ciro Redondo y de muchas escuelas banenses, en larga caminata hasta el puerto de El Embarcadero, íbamos a lanzarle flores, porque cualquier espacio del archipiélago cubano es el altar perfecto para honrar la grandeza de este hombre.

Allí aprendí a conocerlo, las maestras y pioneros declamaron poesías como colofón de la jornada Camilo-Che, los dirigentes juveniles discursaron con anécdotas de este valeroso cubano, y aprendí a tenerlo como ejemplo. Quise desde entonces ser como él, de pueblo, carismático, pero a la vez responsable y justo.

Las flores que llevé por largas horas en mis manos no eran simples flores, eran flores para Camilo, para el que sería un paradigma en mi vida, para el bromista y estratega, para el héroe y el hombre de pueblo, para el cubano rebelde que supo ser fiel y llenar con su risa a un país.

Así de grande es Camilo, y hablo de él en presente porque cada 28 de octubre, como todos los días del año, lo siento vivo, cerca, evocando una sonrisa, ordenando, guiando, haciendo en pro de esta Revolución, defendiendo a cada hijo de esta tierra que sabe reír limpiamente, pero también, como Camilo, es capaz de luchar por los ideales de justicia.

Carlos Yeandro Guzmán Torno

Locutor, director de programas, banense de pura cepa, amante de las cosas buenas de la vida.

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