Elogio del tren


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Viajar en tren es sin dudas un viaje en el tiempo, nunca a tiempo.

Erasmo de Rótterdam, el humanista holandés del siglo XVI debe de haber montado en algo parecido–porque la máquina de vapor no surgió hasta el siglo XVIII- cuando escribió su Elogio de la locura.

Cuando hablo de tren me refiero al nuestro, a ese que conocemos todos los cubanos, ese que antes de abordarlo parecen un animal en reposo que duerme en la estación, pero que terminan siendo muchas veces la opción más “domesticable” a la hora de viajar.

Lejos de la carretera están los pueblos en los que aún la llegada del tren es sinónimo de progreso, y la línea, columna vertebral de su economía, como salidos de un oeste hollywoodense. No pueden faltar las personas que saludan, aunque no conozcan a nadie, y miran al tren con cierto embeleso, que es casi una añoranza por viajar.

Al llegar a tu destino, por las señales de tu cuerpo, parece que hubieras hecho un viaje intercontinental. Juras que nunca volverás a montar, pero como en un amor contrariado, sabes que en el fondo volverás a hacerlo, y así sucesivamente, hasta que un buen día descubres que lo extrañas cuando no viajas en él. El aparente “glamour” de los ómnibus con aire acondicionado te parecerá desmesurado; extrañarás la familiaridad de la gente simple que monta a tu lado y no dudan en sacarte conversación.

Y es que al final seguirás viajando en tres, mucho después de haberte bajado.

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