En el altar sagrado de la Patria


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Una lágrima sale de sus ojos para correr rostro abajo, abriendo surcos de dolor en el alma. Los recuerdos se le agolpan en la memoria. Las frases cortas, como si quisiesen medir el tiempo y traer de vuelta a la vida a su hijo, el combatiente internacionalista José Ramón Mateo Jímenez, caído en tierras angolanas.

María Luisa Jimenez no olvida cada rasgo de su hijo, de su niñez, allá en el barrio de Rio Seco, sus travesuras, la alegría cuando llegaba de la escuela y se tiraba a sus faldas, la juventud llena de gozo y sus primeros pasos en el trabajo en una granja de la zona de La Anita, allí por donde se tumbó el avión espía norteamericano, cuando la Crisis de Octubre.

“Mi hijo era un ser extraordinario, me acuesto, cierro los ojos y me parece verlo venir con esa sonrisa gigante, rememora María Luisa mientras abraza el cuadro donde está José Ramón Mateo, y recalca, “ siempre venía con una sorpresa para su mamá, me abrazaba y no se cansaba de besarte, es un ser extraordinario, porque para mí todavía está vivo”.

Evoca los días felices de la niñez del mártir, la educación familiar que recibió y las convicciones revolucionarias que siempre llevaba dentro, que lo convirtieron en joven comunista y luego en combatiente internacionalista, donde ofreció su valerosa vida en defensa de otros pueblos.

Cuando repasa las páginas de la vida, las lágrimas no pueden aguantarse en las pupilas de María Luisa, quien se ahoga en los sentimientos, entonces se suma al diálogo Idalia Rodríguez Ramírez, cuñada de José Ramón Mateo, quien creció junto a él y vivió momentos inolvidables de su juventud.

“Joseíto era sorprendente, muy cariñoso y amable, él se hizo novio de mi hermana y luego de casaron, tuvieron dos hijos, uno de ellos no lo vio crecer, porque partió para Angola y no volvió vivo, para cumplir con su deber de revolucionario.

Este 7 de diciembre, aniversario 28 de la Operación Tributo, los restos de José Ramón Mateo y el resto de sus compañeros caídos en misiones internacionalistas descansan en la Patria, que se siente orgullosa de su gesto altruista y comprometida a resguardar su legado para la posteridad.

Hoy María Luisa, llora como todos los días de la vida por la pérdida de su hijo amado, pero al igual que el resto de las madres, familiares y cubanos, sabemos que su gesto no fue en vano y que ellos forman parte del altar más sagrado de la Patria.

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