Cuando el mundo quedó en vilo


Oct.27 -Una fina llovizna caía persistentemente.
Volodia, acercó la mano al botón rojo, para retirarla inmediatamente como picado por  avispa. Repitió una y otra vez la acción, hasta que finalmente logró presionarlo. Una fuerte explosión y un zumbido insoportable que taladraba su cabeza, fue todo lo que sintió.

Unos días antes lo habían llamado para cumplir una misión. Recordó la larga y escabrosa travesía y los golpes constantes de las olas al chocar con el casco del barco, que en ocasiones parecía como si un hilo invisible lo suspendiera para soltarlo luego a la furia del océano. Evocó su llegada al puerto, el recibimiento fraternal que le tributaron, y luego la partida a su destino.

Vio rostros barbudos y enérgicos de hombres y mujeres decididos, que a pesar del peligro inminente    llevaban una vida casi normal, alterada ocasionalmente por el movimiento de tropas y de milicianos que montados en camiones y entonando marchas de combate, se dirigían a las costas para cavar millones de metros de trincheras.

Volodia, comenzaba a conocer a los cubanos.

Había llegado por la noche, bien tarde, a su puesto. Al amanecer y aún sin reponerse del cansancio

comenzó a instalar su pieza de artillería debajo de una arboleda frondosa, que le había servido de   techo durante la acampada. En difíciles condiciones de campaña, permaneció durante diez largos días. Aún no se había acostumbrado al fuerte calor del trópico, a la picadura de los mosquitos, a los sonidos irreconocibles de la noche, ni a las inclemencias de un clima rebelde y benévolo, como los habitantes de aquel país de Las Antillas. Sabía que se encontraba en La Anita, provincia de Oriente, y en una nación que estaba en pie de guerra.

Pero esta mañana mostraba un cielo gris como si presagiara un trágico suceso.

Volodia miró el calendógrafo de su reloj: 27 de octubre de 1962; luego observó la hora, 10 y minutos.

La suave llovizna caía en su rostro... y de pronto la orden.                                                                        

Volodia, aún apretaba el botón rojo. El cohete antiaéreo  partía raudo en pos del objetivo dejando tras de sí una nube de vida y de muerte, y segundos después se precipitaba despedazado el avión espía U-2 que violó el espacio aéreo. La Crisis de Octubre alcanzó su momento más dramático.

El mundo quedó en vilo.

  

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