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A los cubanos nos tocó vivir una oportunidad única, enfrentar sin temor y resueltamente la amenaza de una agresión atómica durante esos “días luminosos y tristes de la Crisis del Caribe”, como los calificara el Che en su carta de despedida. Allí, junto a los milicianos, a los combatientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), a su pueblo, estaba Fidel. Y nadie tembló.

Una agresión directa por parte del gobierno norteamericano pendía sobre el pueblo cubano, como espada de Damocles después del fracaso de la invasión por Playa Girón, la cual originó las medidas que dieron lugar a la Crisis de Octubre.

Los vuelos a baja altura de la aviación norteamericana se habían incrementado desproporcionadamente en los días finales de octubre de 1962, de forma provocadora.

“Nosotros planteamos nuestro criterio a los responsables de las unidades soviéticas que estaban aquí que creíamos que no se debía permitir el vuelo rasante porque eso facilitaba un ataque por sorpresa”, afirmó el Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz, en la entrevista concedida al periodista italiano Gianni Miná en su libro Un encuentro con Fidel y añadió que “tomamos la decisión y les informamos que íbamos a disparar; y, efectivamente, abrimos fuego al día siguiente sobre todo lo que vino a volar rasante por aquí”.

El país estaba en pie de guerra. “Fue en esa circunstancia -explicaba Fidel al reportero italiano- cuando una de las batearías de cohetes antiaéreos en la provincia de Oriente dispara y derriba un U-2. La situación llegó a la máxima tensión porque, de hecho, se estaba combatiendo”.

Las tropas soviéticas destacadas en la zona de La Anita, intrincado lugar del municipio Banes, fueron las protagonistas del derribo del avión. Se afirma que esta fue la primera zona del país donde se emplazó la cohetería tierra-aire SA-75, misiles que tenían un alcance de 23 mil metros de altura.

Unos días antes ya se habían instalado en la zona de Jagüeyes de Mulas, próximos a la costa, y no muy distante de La Anita, una base de Sopkas, cohetes tierra-mar cuyo potencial de fuego dominaba el canal viejo de Las Bahamas, en previsión de un desembarco enemigo.

Avión espía U-2 derribado por una batería soviética en Banes. Fotos tomadas de Internet.

Se puede afirmar categóricamente que este acontecimiento alarmó a la gente, pero aún me impresiona al rememorarlo la sangre fría demostrada por el pueblo, su confianza total en sí mismo. La palabra “guerra” estaba de moda en esos días, y en realidad, entre uno y otro comentario, se durmió bien aquella noche.

Había rostros barbudos y enérgicos de hombres decididos, que a pesar del peligro inminente en que se encontraban, llevaban una vida casi normal, alterada solamente por el movimiento ocasional de tropas y de milicianos que, montados en camiones y entonando marchas de combate, se dirigían a las costas a cavar millones de metros de trincheras.

Nadie tembló en aquellos momentos difíciles, porque los cubanos confiaban en su líder, en Fidel y su ejemplo, el cual, junto a los compatriotas, ocupaba su puesto de combate, dispuesto morir junto a ellos si nos agredían.

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