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Kremlin-Moscú. Foto tomada de Internet.

Cuando arribamos a Moscú a mediados de marzo de 1987, el invierno intenso que había castigado a esa ciudad con temperaturas de hasta 35 grados bajo cero comenzaba a ceder terreno a la primavera.

Todavía el termómetro marcaba entre 7 y 1 grado bajo cero, pero ello no constituía ningún problema para los habitantes de esta capital, los cuales expresaban: “El clima está mejorando”.

El sol -recuerdo- se dejaba ver en algunas mañanas, sin embargo, antes del mediodía desaparecía totalmente, para dar paso a una intensa niebla que envolvía de forma permanente las bellezas de la capital en esta época del año.

Ya para esta fecha los guantes eran un elemento decorativo, pues los moscovitas, acostumbrados a las bajas temperaturas, solamente lo utilizaban cuando el termómetro marcaba los diez grados bajo cero, y entre 7 y 1 grado no los llevaban puesto. Sus manos estaban descubiertas al igual que sus orejas. Ellos se protegían muy bien del clima, pues un resfriado podía llevar a cualquier ciudadano a reposar en cama durante varios días. Esto lo conocían perfectamente los moscovitas, y nosotros acostumbrados al calor intenso del trópico, respetábamos esas reglas.

Mausoleo de Lenin. Foto tomada de Internet.

Nos llamó la atención en esa ciudad de unos diez millones de habitantes -una de las más pobladas del mundo en ese momento- el paso ágil, casi vertiginoso, con que transitaban las personas. Eugenio, el intérprete que nos acompañó cada instante, dio la respuesta a esta interrogante: “Hay que caminar rápido por el frío, y porque se debe llegar temprano al trabajo”. En la mañana todo era agitación, movimiento constante.

Desde el hotel Moscú, donde nos hospedábamos Julio Garcia Luis, quien se desempeñaba como presidente nacional de la Unión de Periodistas de Cuba (Upec) en esos momentos, y yo, ubicado en el corazón de la capital, se podía apreciar por uno de sus laterales una parte de la Plaza Roja, aunque no se escuchaban las campanadas del Carillón del Kremlin. El ruido intenso de la ciudad en movimiento no lo permitía.

Nos contaron que en Moscú existía en esos años una población flotante diaria calculada en unos dos millones de personas, entre turistas, los ciudadanos de otras repúblicas que viajaban a la capital, en fin, personas que llegaban a esa ciudad hermosa, llena de historia y de tradiciones, desde diversas partes del mundo.

La Plaza Roja era una de las mayores atracciones de Moscú en esos años. Allí se concentraban miles de personas para observar el cambio de la guardia de honor en el Mausoleo a Lenin. La marcialidad del soldado ruso se podía apreciar en esa especie de ceremonia recargada de una gran solemnidad. Su marcha se escuchaba con gran claridad en medio de un silencio impresionante para después, al llegar frente a la entrada del Mausoleo, convertirse en apenas un soplo de viento. En este lugar reposan los restos mortales de quien fuera el fundador de ese gran estado de obreros y campesinos que fue la URSS, y todo el que lo visitaba le rendía homenaje. No importa su procedencia política o religiosa.

Moscu-Carillon

Esta área está conformada por un conjunto arquitectónico de extraordinaria belleza, y en este pedazo de la ciudad se encierra una gran parte de la historia del pueblo ruso. La Torre del Reloj, en el Kremlin, es lo primero que se divisa; tiene gran relevancia no solo por su majestuosidad, sino también por el Carillón, que deja escuchar sus campanadas cada hora. En uno de sus laterales está ubicada la Tumba al Soldado Desconocido, en homenaje permanente a los más de 20 millones de soviéticos que cayeron en la Segunda Guerra Mundial defendiendo la patria de la invasión fascista.

Allí también están las históricas murallas del Kremlin, donde se guardan los restos de las personalidades más relevantes de la historia del país, así como las cenizas de los presidentes que ha tenido esa gran nación, y la catedral de San Basilio, una obra arquitectónica majestuosa.

Todo en realidad es maravilloso y conmovedor. Sin embargo, para cualquier persona que conozca profundamente las hazañas realizadas por ese valiente pueblo en el pasado siglo, le es difícil contener la emoción.

No obstante, consideramos que Moscú no cree en lágrimas -tomando el título de la conocida película dirigida por Vladimir Menshov en 1979. Y así lo ha demostrado la historia. No con llantos se hizo la Revolución de Octubre, se venció a los guardias blancos y se alzó de las ruinas de la devastadora Segunda Guerra Mundial, sino con el trabajo creador de sus hombres y mujeres, del sacrificio intenso de sus hijos, del sudor de sus obreros.

Ese gran potencial que desarrolló la URSS en aquellos momentos y que incrementa hoy Rusia, no es producto de un milagro, sino de la tenacidad de un pueblo acostumbrado a vencer las dificultades de cualquier tipo. Es un país de gigantes al que le quedan nuevas y numerosas páginas por escribir.

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