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Al hogar de Felícita Ramona Gómez Santana, residente en el poblado de Deleyte, municipio de Banes, llegué acompañado de Diana Ricardo Olivera, coordinadora de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) en este territorio de la oriental provincia de Holguín. A través Diana conocía desde hacía algún tiempo los deseos de esta maravillosa mujer de 88 años, que me seguía en la radio, lo cual había despertado el interés en conocerme. Ya eso para mí era un compromiso que no podía fallar.

Mi sorpresa mayor fue al encontrarme a una señora carismática, animosa y con una vitalidad impresionante, a pesar de su edad. Después de la presentación, el beso y abrazo de llegada, comenzamos una conversación informal en un ambiente cálido como si nos hubiésemos conocido desde hacía mucho tiempo. Entonces me doy cuenta de que estaba en presencia de una mujer con una rica historia de vida. Como periodista, percibo que la visita no podía quedar en el simple encuentro de besos, abrazos, la presentación de su bella familia y un suculento almuerzo que ya olía y despertaba mi apetito. Saqué mi grabadora y le pregunté si estaba dispuesta a darme una entrevista y contarme su historia de vida, y accedió gustosamente.

Para no presionarla, le dije que me contara un poco de su vida y, con voz fluida y firme de quien sabe lo que dice, me habló de que tiene diez hijos maravillosos y que se le hace difícil memorizar el número de nietos, bisnieto y tataranieto, al tiempo que prometió que iba a escribir sus nombres. Orgullosa de su familia, a la que cuidó con esmero para que se hicieran hombres y mujeres de bien. Desde muy joven se integró a la Revolución Cubana y, por su entrega y dedicación le pidieron atender un contingente femenino convocado por la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), que ella ayudó a formar hasta sobrepasar las 500 mujeres, lo cual fue una linda experiencia para ella. A pesar de su juventud, las dirigió bien, y por ello fue reconocida por la organización femenina.

Contó que estas mujeres cortaron caña e hicieron todo tipo de trabajo en la agricultura y los resultados fueron maravillosos. Me dijo que también hizo mucho en los CDR. “Aquí en Deleyte caminé largas distancias, realmente muy agotadoras, y a veces me cogía la noche por estos lugares, pero el trabajo me hacía sacar fuerzas y seguir adelante”, me confesó. La miré y me percaté que era posible seguir conociendo más sobre Felícita Ramona sin el temor a presionarla, y fui a la carga.

Usted vivió y sintió muy de cerca la oprobiosa dictadura de Batista, ¿quieres contarme?

Felícita Ramona Gómez Santana

“A mi cuñado le dieron la misión de ir a Naranjo 11 a quitarle dos armas a un simpatizante de Batista, para luego entregarlas a los Rebeldes. Cuando conminó al hombre a que se las entregara, este lo pinchó con un arma blanca y ahí es cuando mi cuñado le grita tú veras ahora lo que te va a caer por no entregarme el arma, y el hombre asustado se las entregó, las cuales trajo para mi casa. Aquí tuve que limpiarle la herida y lavarle la ropa ensangrentada por el pinchazo. A media noche tocan a la puerta y cuando abro eran dos policías de Batista, y les digo en voz alta: ¿qué hacen dos policías en mi casa a esta ahora? Buscamos a Rigo Sarmiento, me contestaron, y les dije que aquí no estaba, y así salvé la vida de mi cuñado, que pudo escapar.”

“A mí me llamaron a declarar unos hombres del Ejército con mis dos hijos, me hicieron muchas preguntas que yo negué, entonces me amenazaron con matarnos y yo le contesté con mucha seguridad que si lo hacían verían lo que enseguida les iba a caer, se asustaron y nos dejaron ir, con algunas amenazas, como que me estaban vigilando”.

Felicita Ramona fue una activa colaboradora del Movimiento del 26 de Julio en la localidad de Flores y le pregunté qué significaba para ella la Revolución. Una exclamación salió con fuerza de su garganta: “¡lo más grande de la vida, porque nos devolvió la vida a los cubanos!”. Esta maravillosa cubana recibió muchos reconocimientos en el trabajo de los CDR y en la policlínica de Deleyte, donde trabajó muchos años.

Felícita no se siente inútil, no puede hacer lo que hacía cuando joven, pero algo siempre se puede, porque las guerreras son así de grandes.

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