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Anarda Rodríguez Rodríguez es su nombre. La familia y amigos le llaman Nena, la taxista. Desde pequeña, esta extraordinaria mujer, que hoy ronda los 70 años, soñaba con aprender a manejar, esa era su obsesión, la cual crecía cada año, hasta que un día pudo hacerla realidad. 

“Desde niña me gustaba montar a caballo y aunque tuve muñecas, siempre jugué a los carritos, era algo que me fascinaba. Aquí, en Banes, solo manejaban dos o tres mujeres que tenían dinero, fincas y negocios, pero a mí no se me quitaba esa idea de la cabeza, era una obsesión. Mi familia tenía un camión y yo me montaba con ellos siempre que podía y observaba detalladamente todos los movimientos que hacía el chofer y lo fui grabando en mi mente. El carro comenzó a presentar problemas en la batería y arrancaba con dificultades, entonces, como me vieron con tanto interés, me dieron la tarea de arrancarlo en el parqueo, para que las baterías cogieran carga. Así fui cogiendo confianza en el camión y se multiplicó en mí la idea de manejar.

“Un día lo arranqué, como de costumbre, lo moví marcha atrás y di una vuelta, mi familia me peleó y pensé que me ganaría una reprimenda, pero no fue así. Yo no quería que mi papá se enterara de eso, porque podía significar el fin de mis aspiraciones. Un día fuimos a veranear en La Playita de Río Seco, el camión se puso debajo de una mata y había que quitarlo para construir una casa de verano, y como el chofer se estaba bañando y había dejado la llave puesta, yo, de atrevida, lo arranqué y lo saqué del lugar y con esa acción me gané el derecho a manejar alguna que otra vez. Tenía entonces 17 años y a los 29 saqué la licencia, que no se hacía en Banes, sino en Holguín. Confieso que me puse muy nerviosa porque no llevamos el camión con el que yo estaba familiarizada y tuve que hacer el examen con una camioneta Ford que no conocía. Para el camión había que sacar la cartera de primera y le dije al instructor que examinaría otro día y me dijo que íbamos a probar con una camioneta Ford y lo hice todo bien. Me felicitaron porque era la primera vez que, en el año 1959, le daban una licencia de primera a una mujer”.

Fotos de autor y cortesía de la entrevistada

Decirlo así puede parecer algo normal, pero para una muchacha de 17 años, campesina y mujer, es realmente novedoso         .       

“Pienso en lo quisquillosa y celosa que fui con mis hijos. Mi mamá nunca mostró miedo porque yo manejara y hasta se montaba confiadamente conmigo en el camión y lo hizo cuando comencé a manejar el taxi.

“El problema fue entonces en la base, porque mis compañeros no me querían por el prejuicio que había con las mujeres. Me dijeron sencillamente que me fuera, que no podían ubicarme, porque no había carro para mi, ni plaza vacante, entonces vino un compañero de Santiago de Cuba y resolvió el problema, le dijo al jefe que tenían que ubicarme. Hoy, eso parece un disparate, pero en aquel tiempo era bastante frecuente la resistencia de los hombres a que las mujeres pudieran hacer trabajos que siempre fueron destinados a ellos. Algunos de los choferes dijeron que, de ubicarme, seguro pararía en un hospital y el carro a un basurero y muchas cosas por el estilo. Yo no le hice caso y poco a poco logré, con mi trabajo, que ellos cambiaran de idea. Yo me brindé a hacer la guardia nocturna, a servir de carro ambulancia y hacer la guardia en el Comité Militar, porque quería demostrar que era capaz de hacer lo mismo que los hombres y así lo hice. Después, como vivía tan cerquita de la base, cuando hacía falta un chofer para salir a cumplir una tarea, me buscaban y nunca me negué”.

“Yo había dejado perder la licencia, que era del año 1959 y estaba vencida. La primera vez que fui a Santiago me paró la policía en la carretera y Pino, un compañero de trabajo que venía conmigo me preguntó qué había hecho, que nos iban a poner una multa y le dije que yo no había hecho algo malo. Ellos lo que querían saber era por qué yo traía el carro, porque pensaron que el hombre era el chofer y que me lo había dado a mi. El policía me comió a preguntas, que cuántos años hacía que manejaba, que de dónde era, y muchas cosas más. Yo viajé mucho, casi todo el país, y me paraban y me hacían preguntas, pues le llamaban la atención ver a una mujer manejando un carro estatal. Con los compañeros del Comité Militar fui un día a Buey Arriba y el administrador de mi base llamó preguntando si había llegado bien.

“A un chofer le pasa de todo, yo reventé gomas, recogía las que dejaban los choferes y muchas se reventaron o explotaron en la marcha, pero mi carro nunca se salió de la carretera y solo me pusieron una multa por no traer mechón y tuvieron que quitármela, porque los carros chiquitos no usan mechón, ni banderas. Yo manejaba a Holguín con bastante frecuencia iba al hospital Lenin a cualquier hora y nunca me pusieron una multa, eso sí, respeté mucho el tránsito, para mi el que respete las leyes del tránsito puede tener la mala suerte que otro lo choque, pero es muy difícil que tenga accidentes, pues detrás de cada accidente hay casi siempre una violación del tránsito”.

En esta mujer hay una carga humana muy notable que la distingue como persona que llevaba a cuesta el trabajo, el hogar y su familia.

El actuar de esta gran mujer es un mensaje permanente para todas personas que tienen la responsabilidad de conducir en la vía.

“Yo le digo a los conductores que cumplan con las leyes del tránsito para que no tengan que lamentar accidentes que tantos daños, materiales y humanos, causan; y   a las mujeres, que sigan manejando, demostrando que nosotras siempre podemos y que, con la disculpa de los hombres, somos más confiables. Es difícil que una mujer tenga accidente, porque no es usual que tome bebidas alcohólicas y son más respetuosas con las leyes del tránsito”.

 “Siento nostalgias y es que después de toda la vida manejando es difícil borrar de mi mente todo eso, quisiera poder estar con el timón en la mano sirviendo a mi pueblo, pero estoy enferma y tengo una edad avanzada, pero todavía sueño con manejar un taxi y creo que, si no estuviera enferma, estaría manejando”.

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One thought on “Nena, la taxista

  1. Amo a Nena, desde pequeño la admiré por su amabilidad y entrega a una labor que desafió prejuicios de la época.Por su familia, su belleza disica y esbeltez.Me invade mucha alegría encontrarla, ya no sobre un taxis, sino sobre sus pies con esa lozanía a pesar de sus años.Nena es un símbolo.Una excelente amiga

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