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La presencia de un celular en carteras, mochilas o bolsillos no es garantía de estar en el último grito de la moda, ni de ser más inteligentes que quienes aún muestran sapiencia natural porque no pueden pagarse uno de esos aparaticos “inteligentes” que hacen de todo, hasta crear problemas.

Sin embargo, Alberto estudia medicina, pero no tiene celular, es un chico común, de esos que no hacen tanto ruido, como los carruajes cuando van llenos, y aunque reconoce lo útil de la herramienta en materia de avance tecnológico, comunicacional y hasta docente, sus padres no pueden acceder a comprarle un teléfono, y ni pensar en laptop o computadora de mesa, porque sencillamente, la cuenta no les da. Alberto es tan buen estudiante como Alicia, la chica del aula que lleva la delantera en materia tecnológica.

Por otro lado, la profe más experimentada de la universidad reniega de los celulares en sus clases, y al llegar, antes de dar el saludo, aclara en tono amenazante: “Celulares apagados o en modo de silencio, que en breve comenzará la clase”. Miguel, quien se graduó recientemente de una especialidad afín, cumple el servicio social en la docencia y, al llegar al aula, saluda afable y les dice: “A ver muchachos, los que tengan dispositivos electrónicos busquen la versión digital del libro, que está por comenzar mi clase y quienes no posean el libro impreso, únanse a sus compañeros, para fortalecer la unidad del grupo y nivelar el contenido”.

Dos alumnos y sendos profesores asumen diferentes posturas ante un hecho con tantos simpatizantes como detractores: el uso del celular en el escenario docente.

Poseer un teléfono, tablet, laptop, computadora o cualquier dispositivo de última generación no es una amenaza en el aula, ni una afrenta a la inteligencia natural del estudiante, claro, siempre que el docente vaya al ritmo de la vida y de los avances que se gestan en el mundo informatizado de hoy.

Contar con tales “aparatos” en el aula sustituiría los antiguos retroproyectores, los mapas raídos por el uso y el tiempo, cuyas letras minúsculas impedirían localizar con exactitud una zona geográfica, y así, cada dispositivo acercaría al estudiante, o equipo, a un contenido novedoso desde la manipulación de su propio teléfono, lo que afianzará su dominio de la computación.   

Un docente bien preparado atrae la atención de sus alumnos no tiene por qué negar el desarrollo, quizás tenga que crear más shows de power point o extraer de formatos pdf, aprender a escribir con el interlineado de 1,5 puntos en arial 12, hacer búsquedas en la inter o intra net, pero es innegable el apoyo que ofrecen a los maestros las nuevas tecnologías.

El buen estudiante buscará la manera de ir a un Joven Club de Computación y Electrónica, a la casa de un amigo, vecino o pariente, pero si es aplicado sabrá cómo llegar al conocimiento, aún cuando no cuente con la herramienta propia para interactuar con los contenidos desde un dispositivo digital; pero igual un mal alumno, con todo un arsenal informático moderno, dejará entrever su pobre coeficiente intelectual. 

La tecnología no es buena ni mala, sino el uso que las personas hacen de ella; por eso, démosle el lugar que merece, en su justa medida, logremos la disciplina del aula y evitaremos la conexión a las redes sociales en clase; enseñemos a discernir entre la búsqueda provechosa de conocimientos y las visitas a sitios banales que nada aportan y promueven la simpleza. Saquemos, como de toda experiencia cotidiana, lo mejor de los avances tecnológicos, la informática y la inteligencia humana.

Hagamos de este novedoso ingenio un aliado que permita formar mejores seres humanos y capacitar a quienes poseen conocimientos, actualizándolos desde una óptica práctica, informática y comunicacional. 

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