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Desde niño recuerdo saltar junto a los párvulos del barrio aquel muro que para entonces percibíamos enorme, y nos alejaba de los ácidos, pero codiciados tamarindos del señor Manuel. Aquel muro alto, infranqueable, que se interponía entre los muchachos y los anhelados tamarindos era el objetivo de la grey infantil que con genio y astucia muchas veces lo traspasó, simplemente, para alcanzar la tan añorada pulpa, aunque -de ser descubiertos- traería consigo la reprimenda de los padres.

Con el paso de los años fueron muchos los muros a los que me tuve que enfrentar, unos de concreto, otros de madera o metálicos, y hasta muros mentales, sí, de esos que ciertas personas se construyen, necia e imaginariamente, para impedir que fluyan las ideas de manera inteligente y sensata. 

Por entonces no avizorábamos que tendríamos un muro en el facebook, ni conocía lo suficiente sobre el muro de las lamentaciones, vestigio del templo de Jerusalén; ni del muro de Berlín, que cayó el 9 de noviembre de 1989, tras 29 años de haber sido construido para dividir la capital germana.  

Con el tiempo fui aprendiendo sobre otros muros que signaban la historia de los pueblos y que llegaban a truncar el alma y el sueño de muchos. Así inquirí sobre tales obras separatistas, como la muralla que protegía a los habaneros de intramuros, a la vez que segregaba a los de “afuera”; el muro entre las ciudades de Ceuta y Melilla, para evitar la entrada masiva de inmigrantes africanos a España, que se comenzó a construir a finales de los 90 del pasado siglo; la barrera que divide el territorio entre Israel y Cisjordania, que data del 2002 y está formada por vallas, alambradas y placas de cemento de hasta ocho metros de altura; las 99 “líneas” o muros de paz de la capital de Irlanda del Norte, Belfast, que comenzaron a ser levantadas hace 40 años para evitar la violencia entre católicos y protestantes. La lista de los muros que hoy dividen, segregan, truncan, separan, y laceran a los congéneres es aún harto extensa, y dentro de la misma no puede faltar ese barrera que por casi 60 años ha levantado el gobierno de los Estados Unidos contra nuestro pueblo para intentar rendirnos, y que ellos, cínicamente llaman embargo, pero el mundo lo condena como Bloqueo .

Fotos tomadas de Internet

Hoy, el muro de turno, el que se lleva la triste popularidad, es el muro de la frontera entre México y los Estados Unidos, donde miles de latinoamericanos intentan alcanzar el sueño americano, a través de una pesadilla que cuesta muchas vidas y destruye familias enteras, deja niños huérfanos y sin amparo, en las llamadas “perreras”, que son las celdas donde retienen a los menores tras la frustrada cruzada por el paso fronterizo.

Y es que el muro del presidente norteamericano Donald Trump no tiene comparación con ningún otro, no por reciente, sofisticado, o mediático, sino porque es el muro que tiene el inquilino de la Casa Blanca en su mente, ese muro psicológico que impide que afloren sus sentimientos humanos.

Según Charles Darwin, todos los humanos conformamos una misma especie, entonces, ¿por qué luchar contra tus congéneres, si al final formamos parte de la misma familia? ¿Por qué acrecentar las desigualdades geográficas, raciales o económicas a través de muros? ¿Por qué mejor no cambiar la segregacionista concepción de construir murallas, por la humanista filosofía de fomentar los puentes que unan, en una misma casta, a todos los humanos?

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