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Estampa de la vida cotidiana en la ciudad de Banes, cabecera del municipio de igual nombre ubicado en el norte de la provincia de Holguín, Cuba, el 13 de diciembre de 2019. ACN FOTO/Juan Pablo CARRERAS

Cuando pequeños, en los juegos de roles, fabulábamos a ser policías, vigilantes de carretera o agentes de la motorizada, según su nomenclatura. Era un juego donde los muchachos del barrio, con bicicletas, carriolas, triciclos, chivichanas y todo cuanto permitiera simular un movimiento de tráfico, transitaban por las callejuelas del barrio, para que, los que hacían las veces de caballitos, los dejaran pasar con un saludo militar, muestra de que conducían bien, o los detuvieran si cometían infracciones, y repetían de memoria las enseñanzas de nuestros padres, o los multaban si la infracción era considerada demasiado grave. Así pasábamos las horas, y era divertido aprender mientras todos nos disputábamos la suerte para ser la autoridad.

Hoy, camino al trabajo, anhelé tanto haber sido un vigilante de carretera, pero no el de los juegos de roles de la infancia, sino uno de verdad, porque las infracciones están a la orden del día, o parafraseando al personaje Ruperto, de Vivir del cuento, están “a pululu”.

Los peatones, al parecer, olvidaron que se debe transitar por el borde de la calzada, en caso de no existir aceras y avanzar de frente al sentido vehicular, para percibir los automóviles, o ciclos, que se avecinan. Pero no es así, las personas van por el centro de las calles, cual, si fueran por un paseo en el prado, sin reparar en el peligro que corre su vida y la de los conductores o ciclistas. Evaden los baches, como si se fueran a dañar las llantas, o a desgastar los neumáticos, a veces pienso que, se creen vehículos (sin matrículas) y se adueñan del pavimento. Ah, y si les adviertes, chiflas o les gritas, se molestan y sueltan improperios, porque simplemente interrumpiste su quieto paseo por ese prado verde que los enajena del mundo.

Los ciclistas, que tanto inquietan a los conductores de vehículos automotores, olvidan las señales con las manos que están bien claras en la ley 109. No estiran o doblan el brazo al doblar, y sorprenden a los conductores con maniobras inesperadas que se agravan con el exceso de velocidad, máxime en la etapa de verano cuando hay tantos adolescentes y jóvenes conduciendo ciclos por la calzada, sin dominio de las normas elementales del tránsito.

Estampa de la vida cotidiana en la ciudad de Banes, cabecera del municipio de igual nombre ubicado en el norte de la provincia de Holguín, Cuba, el 13 de diciembre de 2019. ACN FOTO/Juan Pablo CARRERAS

Mención aparte merecen los motoristas, esos que, a pesar de resolver un problema real con el transporte, avanzan cual Vin Diesel, en el filme Rápido y furioso, por las calles, avenidas y callejuelas banenses, sin medir las consecuencias y peligros en un pavimento permeado por baches y desniveles perfectos para provocar accidentes.

Los errores en las matemáticas pueden borrarse y reintentarlo, pero los errores en la conducción de vehículos pueden acabar con tu vida, con la de los peatones, quebrar tu salud, afectar la economía personal, aumentar las cifras de accidentalidad y repercutir de manera negativa en la sociedad.

Un descuido al volante puede ser fatal. Ya pasaron las etapas de juegos de roles en la infancia, ya no somos conductores-peatones-caballitos, de “mentirita”. Se acabaron los ensayos, las calzadas son escenarios reales, la responsabilidad es un llamado a la vida, a la felicidad, es un voto a favor de la integridad de tu familia. Este verano es atípico, es un “verano por la vida”, cuidar de ella y de los demás desde el volante, es un imperativo de todos los tiempos.  

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