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Cuando llega diciembre la alegría se apodera de mi espíritu. Son tantas las efemérides que se suceden en el último mes del año que no alcanza el tiempo para celebraciones. Sin embargo, me embriaga cierta nostalgia cuando evoco los años de estudiante en el marco de la jornada por el Día del educador. Pienso en la mejor de mis educadoras, mi madre quien por más de 35 años ejerció tan bella profesión, pero tampoco han pasado al olvido quienes, a fuerza de constancia, moldearon la persona que hoy les agradece tanto, pues cada uno de esos artífices dejó una huella indeleble en mí.

La maestra Trinidad me enseñó las formas y tamaños, los números y colores, las canciones que, casi olvidadas en el tiempo, me encogen el alma cuando las escucho, sus consejos sobre comportamiento y hasta la manera ideal de conducirme en la vida. Fueron tan gratos recuerdos que, aunque su mente, reseteada por el paso del tiempo, no puedan evocar sus años mozos, mi gratitud sigue latente hasta el final de mis días.

Luego llegó Ana Lidia, para enseñarme a leer, escribir, calcular, dividir y aprender a aprender, porque a ella le debo gran parte de las habilidades que hoy tengo en mi profesión, pero también las seños Aida, Enelba, Clara, Noelia… muchas que siempre aparecen como escenas del mejor filme que guardo en la memoria sobre mis cursos en Ciro Redondo.

La etapa secundaria es diferente, un profesor por cada asignatura, y cada materia con un profesor que nos enseñaron a valorar lo esencial en cada uno, al punto de llevarlos tatuados en el alma y que la suma de sus legados se convierta en paradigma ante momentos claves de la vida.

El preuniversitario, la universidad, los cursos, diplomados, talleres, conferencias, traen recuerdos peculiares junto a ese deseo de ser un alumno eterno, ávido por aprender lo esencial de la vida, y detrás de cada enseñanza, no importa la edad que se tenga, un profesor, maestro, pedagogo, educador… Una persona que se desvela formulando objetivos, motivando, creando los métodos más factibles para llevar a los demás las herramientas y conocimientos, pues como dijera José de la Luz y Caballero, la educación comienza en la cuna y termina en la tumba. No importa si el profe cómo amaneció el profe, o si su familia no está bien del todo, cuando llega a su escenario docente, relega los problemas a un segundo plano para entregarse a la más bella de las profesiones: formar a las futuras generaciones y compartir lo que domina con la mejor de las gramáticas y métodos de estudio.

Los maestros rectos, esos que mortifican con sus imponentes normas, no se olvidan, como tampoco se olvidan quienes, de manera dulce o permisiva, nos apertrecharon con el conocimiento que nos hará la vida mejor.

Hoy te invito a reflexionar con un ejercicio que fortalecerá tu mente, y de seguro te arrancará una sonrisa, un suspiro, o quizás, hasta una lágrima; te propongo pensar en cada maestro, por breve que haya estado en tu vida, y repasa cada enseñanza que te aportó… De ese modo estarás honrándole, revivirás las más bellas etapas de tu vida, y te darás cuenta de su hermosa labor en tu formación como ser humano, social e intelectual.

Ofrecerle un saludo al encontrarle en la calle, dedicarle un pensamiento y reconocer su amor por el magisterio es el mejor regalo que podemos hacerle a esos evangelios vivos que nos aderezaron el camino de nuestras vidas.

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