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Jennifer y Alex van pulcramente vestidos a la escuela y regresan impecables tras el sonido del timbre de las 4 y 20 de la tarde. En sus mochilas, con dibujos de la sirenita Ariel o de Spiderman, cargan los libros, la lonchera y el tablet o celular. Luisa, la más longeva del barrio, los ve pasar desde su ventana, que queda justo delante del sillón que le sirve de butaca cinematográfica, la cual hace de pantalla gigante para no perderse ni una sola escena de su serie predilecta: “La vida de los otros”.

Jennifer tiene muñecas barbies, peluches, jueguitos de café de un plástico inquebrantable que antaño fue juguete predilecto de su madre. Pero no las toca. Alex tiene carros, de los que alumbran y se manejan por control remoto, patines y hasta un par de raquetas cruzadas, como adorno viril de un cuarto de varón. Pero prefiere simplemente su laptop o teléfono.

Quizás alguien diría: “¡qué suertudos!”, pero la viejita Luisa sigue extrañando desde su sillón, al lado de la ventana, aquellos capítulos de la serie en que las niñas jugaban con muñecas para vestirlas, coleccionaban “cuquitas” que traían ciertas revistas, jugaban a las palmetas cantando “un chino cayó en un pozo, las tripas se hicieron agua…”, saltaban las cuerdas o la peregrina, se entrenían con los palitos chinos o jugaban al yaqui diciendo: “coge uno y revuelve”.

Los varones, más rebeldes en la serie de Luisa (todavía no se hablaba de ideología de género), bailaban trompos con las cabuyas que ella tejía aún con su espalda encorvada, jugaban al burrito 21, al chivito pega-pega, a policía y ladrón, a las bolas, empinaban papalotes o armaban la algarabía en los escondidos gritando: “maquinita uno, maquinita dos, el que no se escondió, ¡se quedó!” Y ahí se armaba la búsqueda incesante sin alejarse mucho de la base. Gritaban: “¡huevo revuelto!” si decías el nombre equivocado de un niñito descubierto  y así todos se divertían en equipo hasta que mamá o papá les llamaban a bañarse, a hacer las tareas y a recogerse en la casa.

A la anciana Luisa le preocupa que Jennifer no ande con sus amiguitas vistiendo a sus muñecas o intercambiando ropas de cuquitas (el feminismo siempre fue algo abstracto para ella) y hasta cree que necesita los servicios de close caption para traducir el lenguaje de las niñas, que hablan de Candy crush, de series coreanas y todo con un lenguaje que dista mucho del idioma español. Pero tampoco sabe lo que significa World of worldcraft, ni Dota-2 o Yughi-oh, ni por qué los varones se dividen en vez de bandos rojos o azules, en barcelonistas o madridistas.

Luisa sabe que está vieja y que la imagen que le devuelve el espejo no es la más agradable, sin embargo, no cree haber perdido su esencia. Por eso, evocando los años mozos de su séptimo arte, teme haber perdido lo común y tradicional de lo que sustenta las raíces de una cultura, que va desapareciendo desde edades tempranas para perderse en el tiempo y abandonar para siempre la pantalla gigante que es su ventana, desde donde ve pasar, sentada en su butaca, una película extraña que precisa traducción.  

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One thought on “La vida no sigue igual

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