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Esta mañana desperté muy ocupado, debía hacer algunos trámites en el Registro de la propiedad de la vivienda, y pensé que tomaría gran parte de mi jornada matutina. Sin embargo, no fue así. El profesionalismo de quienes allí se desempeñan hizo que la espera fuera irrelevante.

Al salir, complacido, caminé por las calles de Banes, mi ciudad natal, mi amado pueblo, como quien avanza sin la más mínima prisa, con el tiempo a mi favor y, sin percatarme, reparé en cada edificación, que si bien no tienen las más nítidas de las pinturas, son parte esencial de mi entorno.

Me detuve frente a La Isla de cuba, de la cadena TRD Caribe, llegué a devolver un libro a la Biblioteca Municipal “Carlos Fernández” y observé con detenimiento la reparación del restaurante “El Latino”, que en pocas semanas mostrará una renovada imagen. Avancé por la calle General Marrero y las voces de los artistas aficionados que ensayaban en la Casa de la cultura “Juan Marinello” se dejaban escuchar desde la fachada del museo Indocubano Baní, único de su tipo en el Caribe.

Mi mirada inquisidora fue evocando recuerdos, anécdotas, experiencias vividas en mis 43 años desandando la ciudad. Por mi mente pasaron tantas gratas memorias y por un momento sentí temor; ¡Sí, los hombres también sentimos miedo!, pensé que existe gente inescrupulosa en el mundo que presionan a gobiernos títeres, que se creen auténticos y poderosos para reclamar lo que un día fue, supuestamente suyo, y que ahora pertenece a 11 millones de cubanos.

Lugares con pasados funestos se convirtieron en útiles espacios públicos, terrenos, edificaciones, hospitales, equipos y talleres de la United Fruit Company, la mamita Yunai, hoy están al servicio de una obra única y maravillosa, la Revolución Cubana, que defiende a ultranza los derechos de sus hijos.

Pensé que mi casa, cerca del potrero de Luco, si surtiera efecto el engendro de los avaros Helms y Burton, pasaría a ser propiedad de una cuarta generación de sus “supuestos” herederos, y tendría que pagar una elevada cuota mensual de por vida.

Pensé también que la Casa de cultura, donde escuché cantar a los aficionados, volvería a ser un club elitista; el museo, una banca privada; las tiendas se volverían basares, bares, prostíbulos o salones de juegos con victrolas modernas tocando el peor de los regguetones del momento. Medité mucho y cada paso que di por la ciudad hizo más tenue mis miedos, porque aunque nuestros edificios no tengan la más nítida de las pinturas, ni las construcciones muestren su mejor esplendor, sé que existen banenses patriotas, progresistas, inteligentes, agradecidos, trabajadores y capaces que saben valorar todo cuanto tenemos, gobernamos, utilizamos. Nadie viene desde afuera a dictar leyes, ni a hacerlas cumplir a su antojo. No permitirán los banenses que se cambie el perfecto rumbo dado a sus vidas.

Me fui reponiendo con cada reflexión y mis miedos se convirtieron en fortalezas, en la convicción de que cada cubano es un soldado capaz de defender, a cualquier precio, el derecho a su soberanía e independencia, a lo que se tiene y pertenece por derecho de conquista. Quizás el tataranieto o una lejana generación de los Dumois sueñe, ilusamente, con volver a las tierras que poseyeron antaño; quizás los nietos de aquellos dueños de los talleres ferroviarios Suarez Gayol intenten cambiar el sonido distintivo de nuestra sirena por un tiempo muerto o sonarla para que anuncie los despidos masivos.  

Pueden soñar, señores Helms-Burton-Trump-Rubio-Díaz Balar. Piensen en grande con una herencia sin declaratoria de herederos, con escasas posibilidades reales de retener nuestras propiedades, porque cada lugar ya tiene un dueño, se llama cubano y es más que un gentilicio, una nacionalidad, una estirpe, es el nombre de un pueblo que es valiente por convicción y bien sabe defender y salvaguardar sus derechos y conquistas.

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One thought on “Lo mío se respeta

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