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Monumento a José Martí en el parque que lleva su nombre, en esta ciudad de Banes. Foto: Arletis Saragoza Expósito.

Mi primer encuentro con el “más universal de los cubanos” data de muchos años, cuando mi madre, aupada por la capacidad que mostraba desde niño para memorizar apenas balbuceando palabras, aprendía fragmentos de sus versos sencillos. Su vocación, materializada en el magisterio, la hizo enseñarme sus obras, los cuentos de la edad de oro y la participación obligatoria en la banda rítmica y en cada desfile, desde el preescolar, como justo homenaje a Martí.

Llamó mi atención verlo en la escuela, tan blanco y pulcro, sin manos ni pies, solo el busto de aquel hombre cuya frente y cabello ralo mostraba su capacidad intelectual, digna de admiración. Claro, lo comprendí después de las tantas preguntas que hice a mi madre. ¿Por qué tiene tantas flores? ¿Por qué los niños lo aman y respetan? ¿Cómo pudo escribir tanto? ¿Por qué no le hicieron brazos o piernas? Así la atiborré de preguntas y luego, como se le explica a un niño curioso, supo dar las respuestas necesarias, tan convincentes, que desde entonces me hicieron adentrarme en su vida y obra, o tal vez lo invité a entrar en mi vida para siempre.

Con el tiempo comprendí que no necesitaba las manos en su busto, porque con ellas, pluma en mano, había legado una obra vasta e invaluable. Que sus pies no estaban porque merecían el descanso de los grilletes, aun siendo adolescente, o de andar por el mundo haciendo la obra buena de los hombres grandes e imprescindibles, cuya luz es tal, que cubre gran parte del inmenso mundo.

Sin apenas percatarme, Martí estaba en el centro de cada actividad pioneril en el barrio, en la escuela, en la familia, en cada libro valioso y me hizo reflexionar su presencia en las asignaturas donde siempre existía un vínculo con el Héroe Nacional, ese que murió en Dos Ríos de cara al sol, lo que se me antoja una suerte de acertijo a descifrar: “Dos ríos que reflejan su lucha entre dos sistemas sociales, y morir de cara al sol, porque ahí está la luz inmensa, la grandeza del universo y la dignidad existente en un hombre, aún después de su deceso físico”.

Pionero banense en el Desfile Pioneril Martiano. Foto: Daniuska Alvarez Guerrero.

Fui Moncadista al ingresar la Organización de Pioneros José Martí, cuando apenas entendía como podría ser Martí, en 1953, el autor intelectual del Moncada, pero una vez más, mi madre supo explicarme que un grupo de valerosos jóvenes, motivados por las ansias de libertad legadas por Martí, habían tomado, en el año del centenario del Apóstol, el cuartel Moncada y cómo su pensamiento y obra, en vez de enmudecer, se multiplicaba en las voces de cientos de jóvenes cubanos que asaltaban sendos cuarteles en busca de la ansiada libertad.

Cada mañana en la formación estaba Martí al frente, bien cerca de la bandera de la estrella solitaria, como símbolos cotidianos e imprescindibles que me acercaban más a su obra y legado. Sobrevinieron concursos de lectura, “Sabe más quien lee más”, “Leer a Martí” y todos los Seminarios Juveniles Martianos en los que pude participar, aportando y estudiando la vigencia de su pensamiento Martí devino mi amigo, lo cito en diferentes diálogos cotidianos, como quien apela a inmortalizar la sabiduría de los colegas inteligentes.

Quizás mi vocación de maestro tiene su génesis en una frase martiana escrita en el busto de la secundaria “Cándido Grass”, de esta ciudad, que decía: “Al venir a la tierra, todo hombre tiene derecho a que se le eduque, y después, en pago, el deber de contribuir a la educación de los demás”. Su lectura cotidiana devino en análisis y en vocación de seguir educando, porque educar es preparar al hombre para la vida.

Martí volverá a enseñorearse de las calles de Banes con el desfile pioneril, que es viajar en el tiempo, observar a los niños disfrazados de los personajes de la edad de oro, y cada representación de los desfiles me hace regresar a la vida de pionero, a los años de mi niñez, a la primera vez que conocí al hombre blanquísimo, sin manos ni piernas, solo el busto, que cobró vida y se hizo grande en la medida en que lo conocí, para nunca terminar de descubrir su grandeza.

Por Martí vivo orgulloso de ser maestro, de hacer periodismo, de haber nacido en Cuba, porque haciendo bien las cosas honramos al maestro, al amigo, al cubano, al niño que cada 28 de enero renace en la calle de Paula para inundar de luz con su vida y obra la indómita Cuba.

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