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Fábrica de tabacos torcidos de Banes “Thelmo Esperance Levielle”. Foto: Daniuska Alvarez Guerrero.

Este 29 de mayo se cumplen 108 años del natalicio de Lázaro Peña, relevante dirigente obrero cubano, fundador de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC). Es por esta razón que se escoge esta fecha para celebrar el Día de trabajador tabacalero. Banes guarda una rica tradición en este oficio.

El compadre Manuel reclina su taburete sobre la fuerte pared de tabla de palma de su rancho mientras degusta un sabroso café cubano en su viejo y raído jarro de esmalte. Contempla el amanecer entre palmas y montañas, típico de un paisaje cubano, mientras prende un tabaco cubano y lo pone terciado en su boca para fumar con ese orgulloso nacional y mezclar los sabores del café y tabaco, mientras escucha a la comadre Cachita que entona una tonada al barrer el jardín con chivirico.

Manuel sabe que el tabaco es perjudicial para la salud, pero su abuelo era tabaquero de profesión, sí, de esos que lucharon contra España y luego contra Estados Unidos desde su puesto laboral entre chavetas, prensas, hojas y picaduras, escuchando a los lectores de tabaquería que llamaban a la unidad de un sindicato que siempre lleva en su esencia las ansias libertadoras. Luego, su padre siguió los derroteros del abuelo y después el más bisoño tomó el estandarte de la familia González, de la que decía su abuela – a modo de broma, porque no sabía si era cierto – que tenían sangre de la estirpe materna de Lázaro Peña González, el líder de la clase obrera y paradigma de los tabacaleros.

Mientras lo envuelve el blanco humo, mira al horizonte y recrea, como en una película mental, su vida en aquella mesa de trabajo, con el mandil a la cintura, la destreza de sus manos que ya viejas, muestran los callos y quizás hasta tengan el olor impregnado de la picadura y las hojas del tabaco. Cada día despuntaba el alba y Manuel estaba en su puesto de labor, tratando de superar las normas. Era tabaquero largo – así le dicen a los diestros productores –  y fácilmente al mediodía podía haber confeccionado 475 o 500 tabacos con el máximo de calidad.

Manuel evoca con nostalgia la vida en la fábrica, la algarabía de sus compañeros, las bromas, los momentos en que se sienten una familia y piensa en todo cuanto hacen los hombres y mujeres que día a día, chaveta en mano y cervical encorvada, ríen, piensan, escuchan, luchan por fabricar un producto que más que un símbolo de cubanía, es parte indisoluble de nuestra historia.

Hoy, las actuales y noveles generaciones de tabacaleros banenses honran la memoria de Lázaro Peña y perpetúan uno de los oficios más antiguos, loables y distintivos dentro de la historia patria.

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