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La quietud de un atardecer de otoño marcó el instante del encuentro fortuito. La tarde dejaba percibir la humedad que provocó la lluvia de días recientes, los árboles, en cierto modo, reverdecían, y era necesario para los pulmones de la ciudad, para transformar el panorama seco que impera por Banes desde hace meses o para descansar en casa tras ducharse y ponerse ropa fresca, como quien fuerza las ganas de un invierno cercano.

La brisa era imperceptible, la luz solar cada día dñcomienza a durar menos, ahora el astro rey se esconde, agotado, en esta parte, para reaparecer por otros lares más luminoso y con renovadas fuerzas. A pesar de la jornada provechosa, y del peso que dejan las obligaciones, era lindo disfrutar la tarde, el ocaso que, aunque imperceptible desde mis ventanas, el entorno te permite imaginar la variedad de colores.

Esa tarde que describo, ella, quizás sin proponérselo, me escogió, fue al azar, o la causa la trazó el universo, los astros, la vida, el destino… ¡No sé!, pero el encuentro surgió, sin percatarme, sin sentir la sutileza de la flecha que robó a cupido para perforar mi piel y robar parte de mi savia, de mi esencia, porque está en su naturaleza más profunda.

¡Con tanto que protejo mi entorno y me escudo de flechas y de cosa extraña que calcula a hurtadillas para robarte la paz!, pero no fue suficiente; no percibí su jugada. Vino de cualquier parte, desde lejos, o más cerca, pero vino. Su sonido perceptible no lo decodifiqué, llegó y sin pedir permiso, con la premura de una hembra tras copular, clavó su aguijón en una parte de mi cuerpo porque necesitaba sustraer mi sangre para calentar sus huevos… reproducirse, y cerrar su ciclo de vida que, como toda vida, no es más que eso, un ciclo.

Allí dejó la marca de su apasionado beso, y como sorpresa, un regalo, ¡El dengue! Se fue sin despedirse, sin agradecer, sin alertar siquiera que estaba en peligro… Inocente al fin seguí mi vida hasta que la fiebre aparece y aterra, hace pensar a todos en covid-19, pero guardaba en la memoria el beso mortal de aquella hembra, y albergaba la esperanza de que, aunque funesto, fuera el menos letal de los dos virus…

El recuerdo de aquel instante imperceptible se tradujo en noches de fiebres, cefaleas intensas, desvelos, sudoraciones, inapetencias, lipotimias, pavor de contagiar a los tuyos, el aislamiento de siempre se multiplicó por mil, sobrevino en incertidumbre, desorientación y mucha fuerza. La balanza se inclinaba por la covid, yo abogaba, casi seguro, por la arbovirosis.

Un test negativo: “poca carga viral”, decían. Otro test a las 48 horas, igual, sin el SarsCov-2: “Poca carga viral”, reiteraban, hasta que el análisis confirma el instante mágico de la unión en que le di mi sangre, a cambio del dengue que consumió mis plaquetas, mis energías, mi salud, mi ecuanimidad, mi paz.

¡Con tanto que protejo mi entorno y me escudo de flechas y de cosa extraña que calcula a hurtadillas para robarte la paz!, pero no fue suficiente, no percibí su jugada y cargo con el trago amargo de haber sido su mejor elección.

¡No es bueno confiarse, mantente alerta!, en tiempos de covid no subestimes al dengue, huye del sonido impertinente del mosquito y evita su aguijón, no te conformes con proteger tu casa y sus alrededores, háblale al vecino, colabora con los operarios, ellas, las Aedes son sutiles, intrépidas, osadas, peligrosas… Pero entre todos podemos evitar que una tarde de otoño un vector te convierta en hoja muerta que desconsuele la paz de tu familia.

(Por Carlos Yeandro Guzmán Torno)

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