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Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena. Así está Zoila Guerrero Martínez, una de las personas más longevas de Banes, con sus 105 años a cuestas y un montón de recuerdos dándole vuelta a la memoria, aún tan lúcida y brillante como su increíble voz.

Cada palabra es un pedazo de historia contada con gracia y sabiduría, con ese halo de enseñanza que nos ofrecen los abuelos al describirnos los tiempos vividos. Se aferra a su túnica como se si se prendiera de la memoria.

“Nací aquí en Banes, pero desde chiquitica me llevaron para Guaro, allá por Mayarí, y me recuerdo como ahora mismo. Me montaron delante de la montura de un caballo con una almohadita que puso mi mamá y asi andamos horas y horas hasta llegar allá cruzando cañaverales, montes y ríos”.

Se le iluminan los ojos y dice con su voz aún fuerte. “Fíjate, mijo, si tengo mente que me recuerdo hasta el hombre que me llevaba en el caballo; se nombraba Salud Áreas, y eso hace unos 100 años, así que imagínate si estoy clara…”.

Sonríe a veces como si fuera una adolescente, suelta una carcajada que muestra una fuerza increíble a su edad. Su voz es como una estrofa, narra de poco en poco, cuenta una y otra anécdota, otro camino andado. A veces se detiene a memorizar y estalla con toda su energía asombrosa de 105 años.

“Óigame, mira que yo pasé trabajo, y aquí estoy aún, dando lucha. Nosotros fuimos huérfanos desde chiquiticos y mamá nos crió a sangre y fuego, haciendo un lavadito por allí y otro por acá para ganarse cuatro kilitos que nos daba para sobrevivir, y así crecimos entre la miseria.”

“Había de todo, las tiendas estaban llenas de mercancías, pero mijo, para ganarse los kilitos era terrible, no había trabajo y la gente estaba en penurias, sin zapatos, ropas y casi todos analfabetos, brutos como las bestias”, remarca Zoila con un poco de sentimiento.

En su rostro el surco de los años que muestran cada marca, cada andar por la vida. Dice no tener una buena visión, pero un oído fino y una salud bastante buena, a pesar de la edad, gracias a los cuidados de su hijo menor, Miguel, que ya tiene 82 años y es como su gran bastón.

“Ay, tú no sabes nada -narra con su verbo aún certero. Mi esposo Eleuterio y yo, para criar a los muchachos, tuvimos que hacer de todo. Yo me levantaba de madrugada y hasta de noche con él para picar caña y hacer carbón, pero también di azadón y lavaba pago, eran tiempos duros y para sobrevivir había que doblar el lomo duro, duro”.

Allí, recostadita en su balance, está Zoila, esperando cada hora una visita para conversar, “porque a mí me encanta hablar, charlar con la gente, contar y aprender”, dice esta centenaria banense que tiene cerca de su aposento la foto de Fidel.

“Ah, Fidel, es como mi hijo, yo no si usted cree o, pero yo rezo todas las noches y hablo con él, le pido cosas e intercambiamos de los problemas, a veces estoy solita porque Miguel está por el patio, atendiendo los animales, y comenzamos a conversar, el Comandante y yo. Cierro los ojos y lo veo, él es como un Dios para mí y lo adoro”.

Con su humilde existencia, con los cofres de la vida abiertos para conocer de su existencia, sencilla pero decorosa, está esta abuelita que vive en una casita en los alrededores de la ciudad de Banes, donde la luz del sol llega a través de las copas de los altos árboles de pino, donde van a posarse los pajarillos que le cantan cada mañana una tonada.

Zoila Guerrero Martinez, tuvo 8 hijos, de los cuales 7 aún viven, y hoy es una de las 18 personas que en el municipio holguinero de Banes, supera los 100 años de vida, una gracia de la naturaleza, como ella misma dice, y con jocosidad afirma, “y creo que voy para 120…”.

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