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Allí donde la naturaleza se hace maravilla y la mano transformadora del hombre la engrandece, está la finca de la familia Pupo, en la localidad de Cañadón, en el municipio de Banes, de la nororiental provincia de Holguín, un verdadero jardín agrícola que muestra a los ojos del visitante todo el empeño por hacerla crecer a base de sudor, empeño y voluntades

Con más de 50 años de edad y una herencia campesina bien acendrada, Maikel Pupo ha saltado las cercas del aprendizaje para convertirse en uno de los campesinos más renombrados del municipio gracias a sus resultados que vuelan más allá de las colinas que rodean a su parcela.

Siempre con una sonrisa a flor de labios y esa humildad que caracteriza a los grandes hombres, Maikel nos muestra con orgullo cada pedazo de sus tierras, donde lo mismo crecen los cultivos de tomate, pimiento, plátano, boniato, malanga, calabaza, que otros árboles exóticos, como la pera y el marañón.

Maikel Pupo se siente orgulloso de su obra. Fotos del autor.

“Vamos a tener una buena cosecha de mango”, me dice debajo de un uno de estos frondosos árboles que se deshacen de sus flores para dejar al descubierto centenares de frutos que en poco tiempo endulzarán muchos paladares con su delicioso néctar.

Luego del breve receso, vamos a caminar las tierras, y conversamos en medio de los cultivos.

“Me levanto a las cinco y es oscurecer y estoy aquí todavía, lo mismo regando agua, desyerbando, aplicando abonos orgánicos o preparando suelos para la próxima siembra. La tierra no tiene vacaciones y yo tampoco, sino, ¿cómo crees que podríamos tener cultivos como estos…?” y me muestra una de sus creaciones que, lleno de frutos, bendice el suelo.

Diserta como un científico acerca de la importancia y las bondades de los abonos orgánicos, su importancia y resultados. De la aplicación de los productos fitosanitarios y de cómo controlar las plagas, particularmente de las que atacan el tomate y otras hortalizas.

Me muestra su pequeño centro de compostaje, creado con sus propias manos, “porque hay que prepararse y actuar según el momento que uno vive, y estamos viviendo momentos difíciles y tenemos que seguir andando porque la producción no puede detenerse”, afirma con esa convicción que lo ha llevado siempre a los grandes éxitos.

Finca de referencia en la agricultura, las tierras de Maikel aportan más de 4 toneladas mensuales al consumo de la población, más la comercialización que tiene pactada con las instalaciones turísticas del balneario de Guardalavaca, “una fuente de ingreso que muchos campesinos debieran aprovechar”, señala este agricultor que sigue pensando en grande, porque, entre otras cosas, tiene programadas crear una mini-industria y ampliar el encurtido de productos, actividad que lleva adelante su madre, Migdalia, una verdadera genio con experiencias de años y resultados nacionales en estos quehaceres.

Migdalia, matriarca de la familia y especialista en encurtidos

Ella me dice que sido invitada a eventos nacionales sobre la mujer creadora y que está en libros que se publicaron sobre el tema. “Trabajo esto desde hace muchos años y he logrado encurtir más de 80 productos, que van desde el pimiento, el tomate, el pepino, la calabaza, hasta el mango, el marañón y el plátano. Es una cosa que me gusta y tiene una utilidad tremenda para la cocina”. Y agrega: “yo criaba hasta hace poco cangrejos, los engordaba y los encurtía para comerlos. Un plato exquisito. Esto es maravilloso. Algo muy bueno”.

El padre, un guajiro curtido sobre la tierra, me refiere testimonios que parecen sacados de libros de historias. Narra la vida de sus antepasados, del abuelo que fundó esos predios, del padre que echó para adelante los cultivos de plátano y de su niñez, dura y de trabajo.

Tiene más de 80 años, pero es un viejo “curtido” en estas labores, que no le tiene miedo a nada, que sabe de lo que es un día entero dando azadón a pleno sol o estar detrás de la yunta de bueyes arando surco tras surco.

Pero la familia no para ahí, el joven retoño es un puro caballero de la tierra, con su sombrero de yarey y su porte de campesino va a la par de sus veteranos mentores. “Es un privilegio hacer lo que me gusta en tierra”, afirma este muchacho que da gracias a la vida de tener dos extraordinarios maestros como sus padres y dos abuelos.

“El que trabaja la tierra debe ser persistente, pues todas las cosechas no resultan como uno quiere, sin embargo, hay que aplicar tecnologías más eficaces, aprovechar los conocimientos y adelantos de la ciencia y la técnica… y ponerle corazón a la tarea”, destaca Maikel.

Tres generaciones de Pupos, pero un mismo amor por hacer producir la tierra

“Producir alimentos en el campo es tarea dura, requiere tiempo, recursos y dedicación, esa que debemos agregar todos los días para cumplir el compromiso contraído con el Comandante en Jefe, Fidel Castro, que confió en el campesinado cubano al entregarle las tierras luego del triunfo de la Revolución”.

En medio de un valle hermoso, donde crecen esbeltas y elegantes las palmas reales, vuelan como aviones las garzas blancas y el aire llena los pulmones con un soplo de vida y esperanzas, la vista se recrea con un verdor intenso y el aroma especial que embriaga con esa dulzura exquisita, como si latiera llena de frutos.

Y esa impresión de estar en el paraíso mismo, donde todo es bello y perfecto, nos hace pensar y creer que todo es posible con la voluntad y el trabajo del hombre. Maikel Pupo y su familia lo logra a base de un amor infinito a la tierra.

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