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Martí“, de Roberto Fabelo

Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.

Y allí donde crece nuestro Árbol Nacional está el Maestro de todos los cubanos, como simbolo permanente y necesario, como siembra eterna y luminosa de la Patria que siempre recurre a su memoria, legado y ejemplo para continuar el camino en tiempos difíciles.

El Apostol, que nos enseñó que Patria es ara y no pedestal, y que las trincheras de ideas valen más que las de piedra, porque a pensamiento se hace  hoy la batalla que sostenemos contra el  Gigante de las Siete Leguas.

El día antes de su muerte en combate, en las riberas de Dos Rios, José Martí escribió con plena convicción: “Sé desaparecer, pero mi pensamiento no desaparecerá”. Y claro estaba el genio, porque su obra se materializa en la Revolución que soñó y la hizo realidad su más avanzado discípulo, el Comandante en  Jefe  Fidel Castro Ruz, quien llevó adelante la prédica de quien soñó con una Cuba libre e independiente, de todos y para el bien de  todos.

Si en vida se ganó en constante bregar el liderazgo patriótico, luego de su muerte adquirió el valor de símbolo de la nación y su pensamiento y ejemplo personal han sido acicate para laborar por la República nueva de grandes mayorías por la que peleó, libre de España y de Estados Unidos, e impulsora de la concertación latinoamericana.

Tales propósitos, sintetizados por él en la frase “desatar a América y desuncir al hombre”, indicativa de su afán por la plena libertad, han impulsado por más de un siglo a varias generaciones de cubanos. Y así, una y otra vez, se ha cobrado conciencia de cuán necesario nos ha sido volver a Martí.

El  Apostol vive en la obra de la Revolución, en los niños que cada enero o mayo van a depositarle flores al pie de su monumento, en la reverencia que los cubanos hacemos ante su figura, en el tezón permanente de los obreros y campesinos y de un pueblo que juró jamás ser esclavo para seguir construyendo una patria digna y libre.

Marti está ahi para seguirnos enseñando que es la hora del recuento y de la marcha unida y hemos de andar, en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes, ante las persistentes amenazas de un enemigo cada vez más empeñado en derrotarnos.

Contra el yugo que abestia al ser humano, la estrella que ilumina la virtud y mata la decadencia moral. Esa es la tarea de grandes a que convoca José Martí.

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