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El mar a la espalda con su azul intenso, sus olas que traen música y paz, la playa de casi dos kilómetros con sus encantos y sus misterios, el salitre que corroe el hierro y hasta los ladrillos con que están construidas las casas de la gente humilde y sencilla que vive en el barrio de Punta de Mulas, en el oriental municipio de Banes.

Lejano unos 16 kilómetros de la cabecera municipal, Punta de Mulas tiene esos encantos de caracoles y sinfonías que nos regalan las olas del mar y la brisa que acaricia el rostro y nos entrega un soplo de aire natural, bendecido por sus habitantes que no quieren despegarse de este pedazo de tierra.

“Esto es lo más lindo del mundo. Yo amo este lugar, lo adoro; me enamoré tanto de él que no puedo separarme nunca más”, me confesó Beatriz Leyva, una mujer de 60 años, con su piel curtida y sus ojos iluminados, que llegó a este lugar hace más de 40 para sembrarse allí para siempre.

Me cuenta de las historias vividas en ese pedazo de tierra, de los sustos del ciclón Ike de 2008, que sacó el mar tierra afuera y arrasó con casi todo; de los mensajes que traen las olas en su eterno ir y venir para acariciar las costas, de los blancos caracoles y de esa armonía hermosa que la naturaleza le regaló a este lugar.

La comunidad de Punta de Mulas es considerada como priorizada por las máximas autoridades del municipio. Fotos del autor.

En la comunidad de Punta de Mulas viven unas 50 personas, dedicadas a la crianza de animales, algunos a la agricultura y otros al mar, a ese mar que es santuario de enigmas y sortilegios, que les regala el sustento de la mesa y les glorifica.

Por la orilla de la playa llena de sargazos corretean los niños, la vista se pierde en este lugar mágico de la geografía banense, donde un día llegó Julia Desdín Matos procedente de Sancti Spíritus, una anciana que ahora roza los 90 años y que se sabe casi todos los secretos de este sitio que la enamoró para siempre.

“Ay, mijo, esto fue como una bendición. Aquí llegamos mi esposo y yo cuando éramos aún jóvenes y mira, sigo aquí después de más de 50 años, y hasta que la muerte nos separe”, refiere esta anciana que dice percibir de noche esas melodías que trae el mar en su concierto incesante.

Desde la orilla se ve el cruzar de los barcos y un horizonte limpio, ese mismo que durante casi 60 años continúa como su vigilante permanente Florentino Cordobés Sarmiento, integrante de las Tropas Guardafrontera, un hombre curtido que sabe todos los secretos de este lugar.

“Como muchos de aquí, llegué por casualidad y me sembré para siempre. Me enamoré del mar, eché raíz en la costa, y como yo, somos muchos los que seguimos celosos de todo lo que pasa por aquí. Durante mis más de 40 años como Guardafrontera pude detectar recalos de drogas, desembarcos de emigrantes y salidas ilegales, entre otras cosas”.

En sus ojos envejecidos hay un pedazo de luz que siempre miran al horizonte, donde el mar revoletea con sus olas llenas de espumas en un vaivén constante, que parece llegar a darle un beso a la orilla y entregarle su frescor.

“Yo sigo siendo un vigilante”, afirma mientras el mar sigue en su fiesta en el poblado costero de Punta de Mulas, donde la naturaleza tiene una orquesta gigante que sabe alegrar a los corazones.

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