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Maikel Pupo González es un hombre optimista, un soñador de cosas grandes, con inquietudes que a veces sobrepasan la realidad, pero él se afana en desafiarlas, como se enfrenta un huracán.

En su mente, miles de aspiraciones que le van ocupando cada minuto de su ajetreada vida: la mini-industria, que va levantando con esa perseverancia de titanes que lo caracteriza, y la sapiencia de un artesano que coloca en cada espacio la pieza correcta para que la máquina pueda andar.

Este diálogo con él empieza en un banco de madera, allí donde alza su fábrica, y entonces platica de todo su proyecto, que viene surcando caminos desde el campo hasta el mercado, pasando por diversos filtros y aparatos, la mayoría construidos por él mismo: burén para casabe, encorchadora de botellas, trituradora de frutas, empacadoras y otras, que son reparadas con el ingenio humano.

“Estamos en la fase inicial, pero caminamos bien, y creo que dentro de no mucho tiempo, quizás en un mes, podemos tenerla en la primera fase para la producción”, afirma con un entusiasmo que sobrepasa cualquier obstáculo, y se proyecta con esa confianza de los que nunca se dejan vencer por las dificultades.

Conversamos de las posibilidades que tiene para encurtir vegetales, fabricar vinos, puré de tomates y ajíes, vinagres, coco rallado, jugos de diversas frutas, manufacturar rositas de maíz, pre-elaborar tostones de plátanos, dulces, y unas cuantas cosas más, en un ambicioso programa que se ensancha en una mente fértil y creativa, sustentada en una tradición familiar que tiene como mástil a su madre, Migdalia González Claro, esa Perla de los Conservas en el municipio de Banes.

“Este es un espacio pequeño para una obra grande”, apunta, y me pone la mano en el hombro como para reafirmar su voluntad de echar todo ad adelante con esa mirada de futuro. “Tengo la fe en que va a funcionar, porque poseo la mayoría de las materias primas para desarrollar el proyecto: vegetales, frutas, coco y viandas, y además trabajo para incrementarlas, contando ya con el compromiso de otros productores y cooperativas de la zona”, destaca.

Se pone de pie y me invita a recorrer el espacio. Explica de las ensayos exitosos del burén de casabe con más de un formato de producción, de los inventos para poder armar la despulpadora de frutas y vegetales, el área de la cocina eficiente, de la máquina encorchadora, los fregaderos, el pequeño almacén y de todo un entorno, aún en ejecución.

Muestra sus planes de llegar a unas mil más matas de coco, de seguir potenciando su finca de frutales, donde usted puede apreciar hoy marañones, moras, ciruelas chinas, naranja agria y dulce, mango, cerezas o guanábana.

“El pasado año, sin la mini-industria, elaboramos más de 200 botellas de vino y otra cifra similar de vinagre; además, seguimos encurtiendo vegetales en menor escala, porque no contamos con los recipientes, pero ya tengo hasta una selladora de nailon para cuando elabore los paquetes de rosita de maíz o los plátanos pre-elaborados”, expone.

En el campo, las siembras crecen: surcos de ajíes pimientos, tomate, boniato, calabaza, plátano, malanga, yuca, maíz, soya y programas en camino que contribuirán a sostener la mini-industria, un sueño que va erigiéndose a golpe de amor y trabajo.

Imagina, vive pegado al surco y a la necesidad de un país de contar con las mejores energías y voluntades para poder resistir y vencer. Trabaja incansablemente en la tierra y su nuevo proyecto. No se deja vencer por los inconvenientes y aspira a mucho más, porque cree firmemente en que el hombre puede cuando quiere.

Esboza una sonrisa de satisfacción y afirma: “compay, esto va pa’lante, no lo dude”.

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