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A Fidel no le hacen falta ni monumentos ni estatuas. Es un sol que ilumina y guía el pensamiento y la acción de las grandes multitudes irredentas. Es como una hoguera en el corazón mismo de las naciones.

El Gigante que nació en Birán un 13 de agosto de 1926, se empinó y se hizo a la tierra como un audaz creador de ideas y de los movimientos más puros que abrieron senderos de esperanza y honor, en una patria vilipendiada y lastimada por tantas heridas.

Es el patriota que en el juicio del Moncada supo denunciar los males de aquella República de ladrones y jugadores, trazando la estrategia de los combates futuros y de la Revolución que vendría luego para construir una Patria de todos y para el bien de todos, como quiso Martí, su principal educador.

El joven que lideró el asalto al Cuartel Moncada para que nuestro Apóstol no muriera en el año de su Centenario, que juró que seríamos Libres o Mártires y que, en Cinco Palmas, cuando todo parecía perdido, aseguró que con solo con 12 fusiles bastaban para alcanzar la victoria.

El batallador perseverante que dijo: “…este es un momento decisivo de nuestra historia. La tiranía ha sido derrocada. La alegría es inmensa. Sin embargo, queda mucho por hacer todavía. No nos engañemos creyendo que en lo adelante todo será fácil, quizás en lo adelante todo será más difícil”. Y no se equivocó el profeta, vendrían las agresiones, los intentos de asesinarlo, el Bloqueo y la persecución; y de todo salió victorioso y más fuerte.

Gladiador de todas las trincheras y todas las tribunas, estratega político y militar, genio y figura, estadista asombroso que supo mirar hacia el futuro con una perspectiva que alcanza mucho más allá del horizonte, donde muy pocos ven y pueden describir y comprender los procesos venideros.

Es el hombre optimista convencido, que ni en las peores circunstancias dejó vencerse por las dificultades, virtud que les inculcó a su pueblo, que en su inmensa mayoría lo acompañó en la Crisis de Octubre, Girón y los años más severos del Período Especial.

Es el Fidel amando por millones de hombres y mujeres del Tercer Mundo, por hombres y mujeres humildes, a los que les llevó un mensaje de libertad y dignidad, de amor y justicia.

Por eso fue también el Fidel odiado hasta las vísceras por sus adversarios, que jamás pudieron vencerlo ni en vida ni en la muerte física, porque aún sigue empinándose en la Sierra irredenta y en esta Cuba que le acompaña con ese corazón de pueblo en la piedra eterna, donde todos los días aparece una flor fresca y una paloma blanca.

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