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El rostro denota ese cansancio del tiempo que agota y a veces estruja el cuerpo de tantas horas en vigilia. En ese estado me encontré a la joven doctora Yaime Palacios Romero al cabo de 18 horas consecutivas de trabajo en la sala de Terapia Intensiva del hospital clínico-quirúrgico “Doctor Carlos Enrique Font Pupo”, del municipio de Banes.

De pequeña estatura, pero voz firme, accede al diálogo ofreciendo detalles de la larga batalla contra la covid-19 en este centro de salud, particularmente en la Sala de Cuidados Intensivos, donde cada minuto se lucha por la vida de los seres humanos en ese esfuerzo titánico por sacarlos de la muerte.

“Esta es la sala donde se atienden a las personas en estado crítico, aquí no hay descanso, llevamos meses y meses en un combate enorme, el crecimiento de los contagios de la covid en el municipio también provoca el aumento de personas que llegan en estado muy grave por la edad o comorbilidades asociadas que ponen en riesgo sus vidas”.

Mientras dialogo con ella, miro una y otra vez a sus ojos, porque creo ver correr una lágrima de ellos; habla con un sentimiento de madre, hermana o ese familiar cercano que siente en el alma el fallecimiento de uno de los suyos, esos que se van sin decir el último adiós o sin recibir el abrazo merecido.

“Cada muerte, créamelo, es un dolor que nos lacera mucho, nos duele en el alma, a veces porque son personas conocidas, vecinos o porque simplemente nosotros somos seres humanos, y nos enseñaron a sentir el dolor ajeno, como nos inculcó nuestro Comandante en Jefe, Fidel Castro, del que aprendimos también el sentido de solidaridad y amor”, precisa la doctora Yaime Palacios Romero.

Yaime a la entrada de la Sala de Cuidados Intensivos del hospital de Banes devenido en Zona Roja. Fotos: Raúl Oliva.

Habla como una experta de esos saberes médicos aprendidos allí, donde la “guerra” es más dura y más se necesita. Me cuenta de esas largas noches, que parecen darle la vuelta una y otras vez al reloj de lo infinito, donde los sobresaltos no faltan y hay que sacar algún paciente de un paro.

“Son noches de vigilia, no hay descanso, muchas veces no tenemos ni tiempo para alimentarnos, nos sentimos muy agotados, física y mentalmente, pero hay que seguir, porque la vida no espera, y esa es nuestra misión”,explica.

Habla con pasión infinita de su profesión de medicina, de los amores familiares que la impulsan y apoyan para seguir andando, de esos retos que se impone el ser humano, que algunas veces superan la imaginación, de los proyectos de vida que nunca faltan, de la urgencia de que las personas se protejan y que las familias tengan ese cuidado personal para no llegar al contagio del virus.

Tengo la impresión de tener ante mí a una gigante. Aunque es pequeña de estatura, me agrada su verbo fluido y exacto, que conmueve por sus relatos, que son desgarradoras historias de vida de una pandemia que tiene sus marcas de dolor, reflejado en ese rostro joven de tantas y tantas horas de trabajo batallando por la vida.

Siento gravitar en el espacio todas esas extenuaciones humanas, pero también la decisión de no desmayar en el camino. “No vamos a renunciar a la vida, no vamos a desalentarnos ni a flaquear”, afirma mientras vuelvo a mirarle a los ojos: hay luz, mucha luz en ellos.

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