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El mar, siempre el mar con sus olas, el salitre, el aire y la vista que se pierde en el azul infinito. Ahí está el poblado de Macabí, el cual, según los historiadores, es aborigen, coincidiendo estos en que pudo haber sido tomado de un pez común conocido como tal, que abunda en la bahía.

Ahí están los amplios y hermosos caserones, con techos de tejas o zinc, madera o ladrillos fundidos, patios sembrados con árboles de guapen, guayaba, mango o cultivos de plátano, puertas abiertas que invitan a pasar, sonrisas que desbordan la bondad de gente humilde y sencilla, de gente acostumbrada al mar y sus olas.

La arquitectura de sus casas distingue a este poblado

Allá, pegado a la orilla, el antiguo central Nicaragua, antes Boston, con sus silencios y nostalgia de zafras pretéritas, con aquellos olores a miel y azúcar, el pitazo de arrancada, los molinos “devorando” toneladas de cañas traídas por tren desde los campos que alimentaban a este gigante, que era la vida y la historia de este pueblo, que lloró su parada para siempre.

Pero ahí está Macabí, con su pequeño pero hermoso Malecón, donde vienen los enamorados a besarse, los poetas a descifrar las olas y componer una estrofa. Ahí están los cocoteros, el viejo espigón, el vuelo rasante de las gaviotas, los pescadores que llegan con sus ensartas de pescado fresco y otra vez el mar, acompañante sereno de los días y las noches de un poblado que tiene su magia particular en esa simbiosis perfecta entre la tierra y el agua, entre la pasión y la historia que se construye a golpe de esfuerzos y voluntades.

Allí me encontré a la singular Yiya, la cocinera del restaurante Mar Azul, una morena fornida, una especialista de la cocina, sobre todos con los mariscos, que me habló de su amor por este lugar, de esas voluntades superiores que enaltecen a este colectivo y de sus secretos para darle tanta sabrosura a la comida.

Ella hace magias con sus manos para ponerle toda la sazón que ofrece el restaurante, con esa exquisitez gastronómica que lo hace famoso entre los banenses.  Yiya ríe con una sonrisa amplia, donde muestra toda su humildad de mujer campechana y humilde que sabe de los esfuerzos y el valor de ser mujer en un país como el nuestro.

Al recorrer las calles me encontré con una niña con rostro asiático y sentí hervir la historia como un símbolo de los grandes recuerdos. Alguien me contó que, en Macabí, el 28 de mayo de 1996, hubo un terremoto, al ver mi asombro, explicó: “Ese día Fidel estuvo aquí y parecía que la tierra temblaba. Fue algo apoteósico, la gente corría y se sentía un estruendo tremendo. Esa fecha no se olvida. Ha quedado en nuestra memoria para siempre”, cuenta Reyna Corbal. El Líder de la Revolución Cubana pronunciaba  un discurso en el acto por el cumplimiento del plan de azúcar de la provincia de Holguín, efectuado en el central Nicaragua,  en medio de un sol abrazador.

Entonces volví al mar para buscar más respuestas, otras historias y hacer flotar mis pensamientos, los cuales se pierden en el horizonte de una bahía preciosa que parece una orquesta sinfónica, con sus melodías y sus trajes de azul. Es Macabí, el cayo con nombre de pez.

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2 thoughts on “Macabí: el cayo con nombre de pez

  1. Cuando voy a Cuba (provincia de Holguín) me aseguro de ir a la ciudad de Macabi todos los años por el magnífico paisaje de la región (el mar, los campos verdes) y especialmente para ver a estas personas de Macabi de bienvenida y simplicidad de personas Gracias por recibirme Roger Rimouski Canadá (marzo de 2020)

  2. Maravilloso Macabi! Lo he visto en contadas ocasines pero me gusta. Soy de Los Angeles pero salí de mi tierra en 1968. No cambio por nada mi tierra de nacimiento.

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