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“¡Dale, venao colorao; coge el surco, buey”. Una y otra vez la voz resuena en el campo, mientras que quien la emite marcha al compás de los animales, que jadean en la intensa jornada de trabajo que comenzó bien temprano.

Hace un alto cuando me acerco y lo saludo; me tiende la mano callosa con dedos gordos que aprietan como tenaza. “¿Qué hay, compay?” me responde, y entablamos la conversación en pleno campo.

Le pregunto si es Ramón García Moreno y responde con una sonrisa en los labios. “Ese mismo que viste y calza. Este viejo de 78 años que sigue aquí, pegao al surco desde la madrugada cuando me levanto, me tomo el traguito de café, enyugo los bueyes y al campo bien tempranito, porque hay que aprovechar la frescura del día”. Me dicen que usted es un trabajador de vanguardia, le digo. “Bueno, mijo, imagínate, que fui varias veces millonario de las zafras azucareras, cuando en esta zona de Los Ángeles se cortaba caña, y en otros lugares; me gané muchos diplomas con la mocha en la mano, pero también como obrero agrícola en las granjas y en la Cooperativa “Regino Guerrero”, a la que pertenezco”.

Se quita el sombrero por unos instantes, y con la manga de la camisa se seca el sudor de la frente, hace silencio unos instantes y vuelve a la carga. “Desde que era un vejigo de 7 años ando trabajando en el campo, con mi papá y mi abuelo, eran tiempos duros y había que ayudar para llevar un bocao a la mesa. Ya a los 9 ó 10 años aprendí a arar y mírame aquí, ya viejo, pero parao como un cuje”.

Mira una y otra vez a los lejos y me confiesa algo. “¿Ves todos esos lugares? Los he andado trabajando, allá por La Amelia, La Anita, Durruthy, Júcaral, Río Seco, El Jobo, Agua Amarilla, lo mismo cortando caña que dando azadón, tumbando malezas y muchas otras tareas del campo”. ¿Usted no se siente cansado?, le inquiero. “Qué va, estoy como un caiguarán, quisieran muchos jóvenes hacer lo que yo hago. Fíjate que hace como 10 años me jubilé, pero no me retiro del trabajo, estoy en la cooperativa y tengo mi finquita con los animales y siembras de boniato, yuca, calabaza, tomate y plátano para mantener la casa”.

En su rostro surcado por las arrugas, la imagen de un hombre marcado por los tiempos, el sol y el trabajo duro en la tierra, representación genuina del campesino. Bien “bragao”, como dicen sus compañeros, que reconocen en Ramón García Moreno a un trabajador ejemplar, a un ser humano especial, a un guajiro leal y de primera línea.

Me despido de él con otro apretón de manos que me estremece hasta los pelos de la cabeza. Regresa al surco con pasos ligeros y vuelve al arado. “¡Dale, venao colorao; coge el surco, buey”.

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