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Habían pasado duros años de ignominia. Años duros de dolor, de desesperanza, de frustración. Los viejos mambises rumiaban la rabia de verse lejos de la Patria, lejos de una libertad por la que pelearon con tanto fervor, que casi podían acariciarla con los sueños. Pero todo había terminado.

Con toda la lluvia del mundo en el alma dejaron atrás la Isla, luego de un Zanjón ignominioso, llevando escondida en las pupilas la luz de Baraguá. Pero el tiempo pasaba, y pasaba la vida, y la llamita era un recuerdo pequeño que miraban en las noches, después de buscar el pan de la familia, cuando el silencio los trasladaba a Cuba. Y el suspiro de los anhelantes parecía llamarla; el de los escépticos, citaba al poeta: “¡Dulce Cuba!, en tu seno se miran en el grado más alto y profundo, las bellezas del físico mundo, los horrores del mundo moral”.

Sin embargo, un buen día, la llama resplandece, se acrecienta, dorada y lúcida. Un joven, casi un muchacho, predica la esperanza. Algunos no le creen, vuelven la cabeza. ¿Cómo confiar el ensueño a esos brazos imberbes, a esa frente límpida, a esas manos sin callos de fusiles? No huele a pólvora el tal Martí. Pero sus ojos… ¿Qué es ese brillo en sus ojos? ¿Qué misterio se esconde tras su lengua afilada?

Se rasga en dos la imagen frágil y surge de un golpe la llamarada que nace desde su propio corazón. No huele a pólvora Martí. Sólo huele amor y a dolor. Ambos, por Cuba. Y así se desperezan los hombres de mármol, sacuden la nostalgia, la desidia, el miedo. Se creen de nuevo que todo es posible, que hay una luz más allá de la aurora, que las palmas son novias que esperan, que es enormemente bello recibir la alborada bajo la llovizna grácil del campo cubano, la mano en la empuñadura del machete, el pecho lleno de amaneceres que se repiten una y otra vez cuando se vive por Ella, la Sagrada, la Única, fusión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas.

Y es así como llegan los cubanos, los de aquí y los de allá, al 24 de febrero de 1985. Es de esa forma honda y caliente que se produce el parto de la Guerra Necesaria. Así, continúan labrando los cubanos de entonces la escultura de la dignidad nacional. Lo demás, vendrá más tarde. Hoy, 24 de febrero, arde Cuba con la llamarada redentora de Martí.

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