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¿Cómo contar la historia otra vez, sin que suene repetida? ¿Cómo explicar la barbarie y que el cubano sienta su sangre hervir, enfurecida, y se abra el pecho en un rugido enorme, y salgan alas de la espalda y rayos de los ojos, y arranquen en volandas a deshacer la injusticia, esa que nuestros antepasados no tuvieron el valor de impedir?

No eran sólo ocho. Fueron muchos más a los que la muerte rozó aquel noviembre, casi niños, aprendiendo a salvar vidas, sin sospechar que la suya propia estaría en peligro. Da igual quiénes fueron efectivamente a jugar al cementerio. Da igual quién arrancó la flor, quién corrió despreocupado por las calles del camposanto, quién miró con desprecio, o con indiferencia, la tumba de Gonzalo Castañón. Lo cierto es que un grupo vergonzoso quería sangre de jóvenes cubanos para calmar la rabia que les provocaban los que no podían controlar en las lomas de Oriente.

Fue un juicio amañado. Un juicio que manchó para siempre la historia española, pero también la cubana, pues fueron cubanos los voluntarios españoles que pujaron por la muerte de los ocho estudiantes de medicina, y fueron cubanos los habaneros que en silencio contemplaron su muerte. Cubanos somos también los responsables de no enseñar esta historia como un contenido más, sino de lograr que cada muchacho imberbe que la escuché sienta en su piel el miedo de la posible condena, los gritos y las amenazas, la cercanía de la muerte, las lágrimas de las madres… Cubanos, los que que les debemos honor a los abakúas, los únicos que marcharon a intentar salvarlos.

27 de noviembre. La muerte y el poema de Martí. El libro de Fermín y la película Inocencia. Miles de estudiantes en Cuba, que apuestan por la vida.

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