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La afrodescendencia se celebra en el mundo como un grito de identidad y reivindicación. Y mucho habría que hablar sobre tanto que le falta al afrodescendiente para ver conquistado su lugar. Tanto nos deben la historia y la sociedad: las estrategias erróneas, las omisiones dolorosas, las interpretaciones indignantes, las miradas superficiales a una realidad que se insiste en ver como fenómeno, y no como lo que es, sedimento, raíz, elemento indisoluble de la nacionalidad.

Con las afrodescendencias pasa como con temas como la violencia contra la mujer o los niños: la mirada se lanza afuera, y llueven las cifras de cómo se lleva el tema alrededor del mundo. Sin embargo, cuando la pupila se detiene en la Mayor de las Antillas, otras son las actitudes.

Es duro reconocer que el acercamiento a la presencia negra en Cuba se hace casi siempre desde el punto de vista folclórico, casi sin reconocer el aporte definitorio de un sector de la sociedad que alcanza porcentajes importantes en el país. Que se trata de mantener una imagen de representación de la raza cumpliendo planes de composición étnica, pero que no se piensa particularizadamente en cuestiones socioeconómicas heredadas del colonialismo que hoy siguen lastrando, y peor, son aceptadas como correctas.

Los esfuerzos que hoy se realizan, liderados en su mayoría por intelectuales, aún distan mucho de convertirse en regla. Por eso es fácil de entender que aún se mantengan los mismos mitos, y las actitudes de negros y blancos sobre sí mismos, la necesidad imperiosa de adelantar la raza, de blanquear a toda costa, de eliminar bucles al pelo, al que se le considera malo por ser rizo.

Habría que ver si nuestros cabellos han matado a alguien, o cometido alguna ilegalidad. Y nadie piense que critico por criticar, respeto la decisión de cada quien, sobre todo si de cuestiones estéticas se trata. Si es cuestión de gusto personal, todo está bien, lo triste es cuando se trata de emprender una carrera, perdida de antemano, contra la fuerza genética ancestral. Se logrará ser una mulata con el pelo estirado. Jamás, una blanca. Ejemplos como estos sobran en la vida cotidiana, mucho más en pueblo como el nuestro, que aunque tiene por definición una presencia negra muy importante, hereda un racismo visceral que aún hoy lacera. Claro, siempre está aquello de “yo no soy racista”, hasta que la hija se enamora de un negro. En ese momento, regresa la frase lapidaria, “cada oveja con su pareja”.

Las situaciones de este tipo pueblan incluso los ámbitos académicos, pues por ejemplo, es bastante difícil encontrar literatura, especializada o no, sobre cuestiones etnográficas, religiosas o identitarias; sin embargo, sí pueden encontrarse en los puntos de ventas de instalaciones turísticas, con atractivos diseños, y precios prohibitivos para la mayoría. La pregunta se impone: ¿Son estos estudios serios, o suvenir para los extranjeros?

El cambio, la transformación, el respeto, nos toca a nosotros. Y no escondiendo la realidad detrás de aquello de que “todos somos iguales”. No. Todos somos diferentes. Ahí radica nuestra riqueza, en lo diverso de nuestra identidad, en los ojos azules y pelos rubios, en la piel blanca como la nieve, en el ébano tatuado en la piel, los ojos almendrados, los crespos que no caen sobre la espalda, sino que se elevan hacia el cielo.

A los negros nos toca aprender y enseñar que los únicos que se lanzaron a salvar a los 8 estudiantes de medicina fueron negros abakuá, que abakuá era también Aponte, quien organizó la primera conspiración antiesclavista cubana, que tenía entre sus aspiraciones la extensión a varios países de Latinoamérica.

A nosotros nos toca aprender y enseñar que los negros no fueron simples espectadores en las luchas independentistas, sino protagonistas principales, encabezando la honrosa lista la estirpe de los Maceo y Grajales.

A nosotros nos toca amar nuestra raza, nuestra idioscincrasia, nuestras costumbres, nuestros diseños y colores en la ropa, nuestros turbantes, trenzas y drelos, nuestra risa franca, nuestro baile y nuestra manera de amar. De la mano de los blancos, luchando todos por esa Cuba mestiza que ha sido desde siempre.

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