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Vista de Banes al atardecer en tiempos del coronavirus. Foto: Carlos Manuel Rojas Véliz.

Aunque al Sol lo oscurezcan nubarrones, yo agradezco. Agradezco por la salud, (nunca mejor dicho). Agradezco la cuarentena, que mantiene a mi familia a salvo, y, además, me ha quitado las prisas, me ha devuelto los atardeceres, me ha recordado lo que es comer todos juntos.

Agradezco la sonrisa de mis hijos, las peleas, las carcajadas, los bailes intempestivos, las películas de superhéroes que nos ponen a llorar a los tres (¿¡!?) Agradezco el buen café de las mañanas, comer dulces viendo Arte 7, tener conciertos de guitarra solo para mí y tomar las riendas de la educación de los niños (por cierto, ¡qué grande es la educación cubana! ¡Dios los bendiga!).

 Agradezco a quienes están haciendo lo que les toca, y a todos los que están en casa, haciendo también lo que les toca. Agradezco la voz de mi madre en el teléfono, las oraciones diarias de mi abuela “por todo, todo el mundo”, las risas de mi hermano por las redes.

La autora de esta crónica junto a sus hijos. Foto tomada de su perfil de facebook.

Agradezco que todos mis amigos están bien, a pesar de que están diseminados por el mundo y por Cuba. Agradezco porque a pesar de todo hay amor, hay alegría, hay esperanza.

Ya sé que el nuevo coronavirus es fuerte, que se ha llevado a miles, que esto no lo vivió nadie antes, que explotan los volcanes, tiembla la tierra, se queman los bosques, aumenta la radioactividad en Chernóbil, se anuncian ciclones para el Caribe. Que el 2020 se salió de control. Pero, por eso mismo, agradezco. Agradezco por otro día más.

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