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¡Es Santiago de Cuba!

¡No os asombréis de nada!

Amaneció. 30 de noviembre de 1956. Mañana clarita con brisa que viene de la Sierra. Luz en las calles. Rocío en las hojas  de las plantas de la abuela. Santiago bosteza, adormilada aún. Pero no toda ella.

Un grupo de muchachos espera el estruendo que marcará las siete de la mañana. Pero no se produce. “El mortero debía bombardear el Moncada ahora”, piensan, y escudriñan el aire como adivinado el ruido que no llega. Léster y Josué eran los encargados, pero ya están presos. Los jóvenes se miran. “¿Y ahora?”.

Pepito Tey avanza hasta al teléfono. El mensaje llega  a Frank. “Llegó el momento”. Santiago estalla.

El verdeolivo bautiza sus calles, a borbotones refresca el ambiente enrarecido de las lágrimas, los gritos ahogados, el hambre, los niños descalzos, las madres con los ojos secos. El verdeolivo pinta grafitis en las paredes, se sube a los techos, entra en las pupilas de una ciudad que se reconoce en él. Sube  Padre Pico, peldaño por peldaño, y aunque también lleva dentro la muerte, va anunciando la vida.

La refriega es fuerte en la Policía Marítima, en la Estación de Policía. Allí caen Otto, Pepito, Tony. De allí salen fugados los revolucionarios que estaban presos, que son escondidos por la vecina, y disfrazados como bomberos escapan de la policía.

Explota Santiago, y con ella Nicaro, Palma Soriano, Guantánamo, Las Tunas, Baire, Manzanillo, Pinar del Río, hay incendio a servicentros en Cienfuegos y Camagüey, ocupación de armas en Santa Clara, sabotajes a vías férreas y telefónicas en varios municipios matanceros. En La Habana, un comando incendió la fábrica de espejos de Almendares y Lugareño.

Lejos, en el mar, se bambolea un yate cargado de sueños. En pocos días iniciará la lucha definitiva.

Pero hoy, Santiago sonríe, se enjuga las lágrimas, recoge silenciosa el alma de sus mártires, mira al destino con insolencia, con un destello de futuro en la mirada.

Hay muertos que, aunque muertos, no están en sus entierros;

¡Hay muertos que no caben en las tumbas cerradas

Y las rompen, y salen, con los cuchillos de sus huesos,

Para seguir guerreando en la batalla…!

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