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Se llamaba José Antonio, y por mucho tiempo en Cuba para los niños pequeños fue considerado la viva imagen de la maldad. “Eres más malo que Aponte”, les decían.

José Antonio Aponte y Ulabarra era abakuá y lúkúmí, Oní Shangó. Carpintero ebanista, ejecutor de bellas tallas en madera, negro libre. En 1812 fue el organizador de la primera, más grande e importante conspiración para abolir la esclavitud, la trata negrera y la tiranía colonial en Cuba.

En su casa de la calle Jesús Peregrino se alojaba el Cabildo Shangó Tedún, y era ogboní, miembro de una de las más poderosas sociedades secretas de Nigeria. Por todas estas razones tenía una gran influencia sobre africanos y sus descendientes. En su Cabildo se reunieron bajo su liderazgo hombres de otras zonas culturales africanas, así como a negros y mulatos emigrados de Haití, Santo Domingo, Jamaica, Panamá, Cartagena de Indias y Estados Unidos, que permanecían clandestinos en el país. Allí las actividades religiosas y festividades sirvieron de pretexto para conspirar.

Según afirma Serafín (Tato) Quiñones, periodista, narrador e investigador, en su libro Afrodescendencias: “el plan era incendiar las fincas azucarera y las instalaciones industriales de la provincias de La Habana y Matanzas; provocar en una fecha señalada incendios en los barrios extramuros de la capital y apoderarse por sorpresa del castillo de Atarés y del cuartel de Dragones, donde se surtirían de fusiles y cañones para armar a los rebeldes y ocupar la ciudad”.

Tarja que rinde homenaje a José Antonio Aponte en el hotel Isla de Cuba, de La Habana.

José Luciano Franco, insigne historiador cubano, explica en sus estudios sobre Aponte, que por medios “que sólo ellos sabían”, (y que, a decir de Tato Quiñones, aún guardan en secreto algunos grupos abakuá de La Habana), lograron avisar a abolicionistas de Norteamérica, Jamaica, Santo Domingo e incluso Brasil, acerca de la revolución que se estaba organizando y se les animaba a continuarla en sus países.

Delatados y apresados en marzo de 1812, fueron juzgados, condenados y ejecutados el 9 de abril Aponte y 6 de sus colaboradores. En casa de uno de sus compañeros más cercanos se ocupó por las autoridades españolas una copia de la proclama de Aponte, con una firma abakuá, y una caja de color rojo con atributos religiosos de origen africano.

Por orden del Marqués de Someruelos, gobernador de la Isla en ese momento, sus cabezas fueron exhibidas en jaulas de hierro “para escarmiento de sus semejantes”. Para remembranza de nuestras generaciones.

Se llamaba José Antonio, y por mucho tiempo en Cuba para los niños pequeños fue considerado la viva imagen de la maldad. “Eres más malo que Aponte”, les decían.

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