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Yo estuve en la casa de Eloy Forbes, escuchándolo rememorar, sentado junto a sus nietos, aquellos años idos en que, en ese mismo patio, comenzó a gestarse la conga de La Güira.

Era difícil no imaginar entonces la escena: los hombres, los instrumentos, la botella de mano en mano. La sangre ardiendo venas arriba, venas abajo, cuando todo un reparto seguía a sus congueros, armaba sus comparsas, vivía a ritmo de conga.

Así, más o menos, dicen que era también en Honduras, barrio que me vio nacer, y en el que vivo hasta hoy día. Tradición de marchas carnavalescas, de “enemistades fraternales”, de competencia abierta entre las congas, las comparsas, la gente de pueblo disfrutando un espectáculo que arrolla y enardece. Eso de la disputa eterna entre los repartos (¿leyenda, o realidad?), noches de carnaval que se trabaron en las nostalgias y que hacen que los 31 de diciembre salga un émulo de conga de sangre nueva, desde el corazón de Honduras, luego de quemar el muñeco Año Viejo y desande rumbosa las principales calles de la ciudad. Iniciativa popular que ya se vuelve tradición, que es esperada y seguida, que es disfrutada.

Fotos tomadas de Internet

El rumbero casi siempre habla rítmico, con una cadencia parecida a la de su música, profunda, recia, mezclada. Sabe que lo que hace es único, y que es una manifestación que, por lo popular, es imprescindible. El rumbero se contenta con ir tras la corneta china toda la noche, una noche eterna que no tiene fin. Su límite es la ciudad, y la ciudad es eterna.

Yo los he visto, y he reído sus ocurrencias. Los he sentido ensayar momentos antes del inicio de los paseos, darse “dos buches”, arreglar la camisa. Quién sabe dónde estaban antes, unos minutos, unos días, unos meses antes de hoy, pero ahora son conga viva. Nada más importa.

Y eso es Banes. El anciano conguero que está en silla de ruedas y que al sentir el paso inconfundible, se alza sobre las piernas débiles, con los brazos al cielo y los ojos arrasados en lágrimas. El “maestro” Alain, que con once años toca como pocos la corneta china, y organizó su conga con los muchachos del aula, una conga infantil que ha tenido sus actuaciones hasta en eventos culturales del municipio. Y los chicos te cuentan su historia con el mismo hablar rítmico, con una cadencia parecida a la de la música que hacen, profunda, recia, mezclada. Con la misma sangre banense que retumba, aunque algunos quieran acallarla. Porque Banes es conga. Siempre lo será.    

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