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Dicen que desde las tierras cubanas que limitan el Paso de los Vientos se puede divisar las luces haitianas. Entre la Punta de Maisí y el Cabo de San Nicolás, en Haití, solo existen 87 kilómetros. Quizás por esa cercanía, unida a la necesidad y la oferta de trabajo creciente, decenas de miles de braceros haitianos llegaron a Cuba. En Banes, su influencia es clara y marcó nuestra cultura e idiosincrasia.

El movimiento de braceros haitianos, a diferencias de los jamaicanos, que sí crearon comunidades, se convirtió en una migración “golondrina”, pues la mayor parte de ellos venía cada año, trabajaba en la zafra y luego eran reembarcados. Durante toda la década del ´20 del pasado siglo, la United Fruit Company reembarcó, conjuntamente con los braceros extraídos en esos años, ciertas cantidades de haitianos entrados en el período anterior cuya permanencia dentro de sus propiedades se hacía innecesaria ante las facilidades que el gobierno estaba otorgando a este tipo de inmigración.

Según Yurisay Pérez Nacao, historiadora del municipio, “el proceso de establecimiento permanente de los inmigrantes haitianos en Banes se inició a partir de 1916. En ello pudo influir la ocupación norteamericana a Haití y todas sus consecuencias. No obstante, este no fue un proceso numeroso; según los reportes anuales de la United, entre 1916 y 1930 sólo se radicaron 11 haitianos, cifra ínfima en comparación con la cantidad de antillanos que se quedaban cada año en Banes. Llama la atención que en los controles de la Compañía se plantea el establecimiento de 11 haitianos; sin embargo, las fuentes orales y la evidencia de descendientes manifiesta muchos más. Estos inmigrantes fueron víctimas de una horrible discriminación y explotación yanqui: como obreros, como negros y como extranjeros, situación que se agravó a fines de 1920, con la caída de los precios del azúcar y la crisis económica transitoria que se produjo en Cuba, período durante el cual se hizo más intenso el rechazo a esa inmigración de braceros”.  

Ese desprecio del cual fueron víctimas los haitianos, incidió en que su proceso de asimilación étnica fuera forzado y los vestigios de su cultura solo se manifiesten con mayor intensidad en el marco de las relaciones familiares.

María Poll es maestra de primer grado en el seminternado Ciro Redondo García, de Banes, y vive en Los Pinos, uno de los sitios de la localidad con mayor presencia de descendientes de Haití. Ella misma es nieta de haitiano, y sonríe cuando recuerda al abuelo de hablar enredado, con ese creole que le brotaba casi siempre, con las comidas rarísimas que les enseñaba a comer, con los cuentos de su tierra. Recuerda que llegó en un barco de aceite, y que se quedó a trabajar aquí, en los campos de caña, y que sus amigos de entonces estaban siempre rondando, hablando sus cosas, cosas que los chicos escuchaban con atención, como leyendas de tiempos idos. “Para mí es un orgullo. Tenemos familia en Haiti, y hemos logrado comunicarnos con ellos. Y la historia de mi familia es bella, está marcada por mi abuelo y sus costumbres. Nosotros tratamos que los más jóvenes de la familia lo conozcan y no dejen morir nuestra tradición”.

El estudio de la presencia haitiana en el municipio de Banes ha sido tema obligado para investigadores como Yurisay Pérez Nacao y Dora Gómez Clark, sus tradiciones musicales y danzarias han estado presentes en los grupos folclóricos del territorio, como Aché Alafi y La Culebra, y su impronta en las comunidades ha sido reflejada por realizadores radiales como Aldo Martín Neyra y Yordankis Zayas Leyva. El reto va más allá del reconocimiento, se centra en potenciar la influencia evidente en localidades puntuales del territorio, y la presencia en tradiciones culturales innegables. Banes también es Haití, porque es Caribe, porque somos un ajiaco diferente, con sabor a calalú y sangre que rinde honores a las loas.

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