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Gratitud. Palabra dulce emanada de las almas buenas. Qué falta le ha hecho a Cuba un poco de su sabia cuando ha mirado a sus mejores hombres. Un 27 de febrero de 1874, en medio de la Sierra, un hombre mayor y solitario se debate entre la vida y la muerte. Canos sus cabellos, impecable su traje, contrastando con lo agreste del lugar, se batirá sin descanso contra el Batallón de Cazadores de San Quintín, (llevado allí, según cuentan, por una traición) hasta la última bala, reservada para su propio corazón.

Años antes habría dicho: “muerto podrán cogerme, pero prisionero ¡nunca!” Como un sol en llamas, diría Martí, se desploma el Primer Ciudadano de la República de Cuba. Más tarde, su hijo Carlitos y sus compañeros verán el rastro de su sangre y sus vestiduras desgarradas, y llorarán el dolor de un país. Un dolor que arrancó lágrimas a los campesinos cercanos a San Lorenzo, que tanto habían advertido del peligro que extrañaba la soledad del “Presidente Viejo”.

Absurdamente solo y desvalido, vituperado, humillado, despojado de su cargo y sus dignidades de Primer Presidente de la República de Cuba en Armas, terminó sus días Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria. Sabiendo de la fuerza que tenía su ejemplo y su personalidad, resistió estoicamente tantos ultrajes. “Por mí no se derramará sangre en Cuba”.

¿Quién era ese hombre, ese que según el Maestro, “nos echó a vivir a todos”? Céspedes, el del corte impecable en la ropa, el acomodado, abogado ilustre, que recorriera los grandes centros mundiales de la cultura en su época, hablaba el inglés, el francés y el italiano, era un erudito en el latín, gustaba de la buena mesa, el galanteo. Esmerada su educación, probada su cortesía, discreto, con numerosas propiedades y una edad suficiente para empezar a disfrutarlas.

Ese mismo hombre, a pesar de todo eso, decía en San Miguel de Rompe, decidiendo la clarinada del 10 de octubre: “El poder de España está caduco y carcomido. Si aún nos parece fuerte y grande, es porque hace más de tres siglos que lo contemplamos de rodillas. ¡Levantémonos!” Ese mismo hombre liberó a sus esclavos, y se lanzó a la manigua, a comer y dormir y penar entre los pobres, sacrificó en la Asamblea de Guáimaro su amor propio, y apartó sus opiniones por el bien de Cuba. Fue presidente por cuatro años y seis meses.

¿Erró Céspedes? Claro, como también erraron tantos otros de sus contemporáneos, que de seguro erraron más. Céspedes sabía que su función lo trascendía a él mismo. “Yo no estoy frente a la Cámara, estoy frente a la Historia”, decía. No lo comprendieron. Pudieron más los vicios, la desunión, las rencillas. Fue depuesto por la Cámara de Representantes el 27 de octubre de 1973, en Bijagual de Jiguaní, en un acto jurídico presenciado por grandes de nuestra historia Patria, que luego lo recordarían con amargura, viendo frente a sus ojos cumplirse la mayoría de los designios de Céspedes.

Al medio de la Sierra fue desterrado el Presidente, convertido en una sombra que vagaba pesarosa entre las tinieblas, a decir de sí mismo, el que a una esclava liberta que le decía mi amo, le respondía, “hija, yo no soy tu amo, sino tu amigo, tu hermano”.

En el Hospital Civil de Santiago de Cuba estuvo expuesto su cuerpo exánime, con los ojos abiertos y una apariencia serena. ¿Habrá la historia reparado tamaña injusticia? El siempre pensó que los cubanos buenos lo defenderían. Quizás su puesto de honor en Santa Ifigenia como Padre de la Patria sea parte de ese desagravio. Tal vez sea preciso regresar a Eusebio Leal, cuando nos dice. “¿Hay acaso algún monumento, un sencillo padrón que señale el campamento mambí de Bijagual de Jiguaní? No; toda aquella latitud está cubierta por las aguas de una presa que se llama Carlos Manuel de Céspedes”.

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