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Para hablar de Celia llueven los epítetos, toda Cuba conoce y venera a esa mujer que abrió caminos y fue imprescindible para la historia revolucionaria. La primera mujer en la Sierra empuñando un fusil, la protagonista insustituible de la lucha en el llano, la guardiana de cada documento (embrión de lo que sería el Archivo Nacional), la organizadora, la protectora de todos los desamparados, como decía su nombre. Nada de esto hubiese sido posible si ella, además, no hubiera sido buena hija.

Un padre maravilloso tuvo Celia. Manuel Sánchez Silveira, médico y patriota, tuvo una influencia determinante en la vida de la hija, formando sus valores, conociendo a los próceres de la independencia, edificando con paciencia su sensibilidad, su amor a la justicia, a la verdad, a la libertad. Enseñanza con el alma a flor de piel, lecciones que no vienen en los libros, como aquellas veces que fueron a la casa natal del Apóstol, y le dijo a la niña: “toca el pasamanos de la escalera, por ahí pasó la mano Martí”.

El amor a todos los seres humanos y la lucha contra la injusticia las bebió desde niña, por eso no fue sorpresa cuando paseaba en su carro a los niños pobres del barrio, o aquel año en que hizo un censo de todos los pequeños, para que ninguno se quedara sin un regalo del Día de Reyes.

El doctor Sánchez era ortodoxo y martiano convencido. Por eso se contó con él en 1953, en el centenario del natalicio del Héroe Nacional, para llevar a la cima del Turquino el busto de Martí. Allí, en el punto más alto de la Isla, el 21 de mayo, bajo la bruma, el cielo y el sol, ese mismo que un día despidiera a José Julián, estuvo también Celia, como promesa de no dejarlo morir.

Celia fue la asistente de su padre, su más fiel colaboradora. Cuando comienzan las actividades clandestinas, se cuenta otra vez con el doctor Sánchez, pero ella sale al frente, atendiendo a la edad de su progenitor y a su historial de opositor convencido. Se autopropone como organizadora de la red conspirativa con la garantía de que todo lo que hacía el padre lo podría hacer la hija.

Lo demás es historia. Mucho tuvo que enorgullecerse el padre de la trayectoria de la hija, pero más que eso, del ser humano excepcional en que se convirtió, permaneciendo hasta hoy en un lugar especial en el corazón de Cuba.

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