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Camilo junto a sus padres. Fotos: periódico Juventud Rebelde.

Era la barriada bananera de Lawton, una casita humilde, donde Ramón, sastre y anarquista, compartía la vida con Emilia y sus hijos. Uno de ellos, un niño rubio y sonriente, amigable y un poco indisciplinado, celebraba su cumpleaños y hacia las delicias familiares.

No fue el primero de los hijos del matrimonio, pues ya habían llegado dos varones. La madre soñaba con una niña, y, cuando al amanecer del 6 de febrero de 1932, la comadrona se asoma a la puerta de la habitación con la criatura en brazos y le grita a Ramón: “…otro macho”, este exclamó: “¡Qué pena! ¡Emilia quería una hembra! —hace una pausa— y con una franca sonrisa agrega: “Bueno, de tres, tres… por lo visto los Cienfuegos no se rajan, como decía mi padre, y por eso llevará su nombre: ¡Camilo!”.

El niño en 1939 estudió en la escuela pública número 20, en San Francisco de Paula, como alumno de la profesora Luisa Sánchez, una maestra con ideas comunistas. En su aula se destacaba por defender a los niños pequeños que eran víctimas de las travesuras de los niños mayores. En esta escuela concluyó el sexto grado.

Desde pequeño sintió tanta pasión por el béisbol que perdía la noción del tiempo. Al principio era un mal jugador, incluso nadie lo quería en su equipo, pero se esforzó tanto por aprender que llegó a participar en el campeonato de béisbol intercolegial.

Ese día había celebrado su cumpleaños. Sin embargo, aquella noche del 6 de febrero nada hizo sospechar a su madre lo que a su pequeño le avecinaba. Nunca se esperó que su hijito andando el tiempo se convertiría para muchos en un amigo cercano al corazón. Que su sonrisa y sus maldades simbolizarían la picardía cubana, lo más intrínseco de nuestra identidad. Que su sombrero alón formaría parte de tradición infantil nacional y que cuando ya no estuviera, un país entero se lanzaría a buscarlo, desesperado, ni que aún hoy se evoque su nombre como algo sagrado que, según dicen algunos, nos habría salvado de muchos desatinos.

Emilia no los supo entonces, cuando acarició la cabecita rubia de su hijo Camilo, en la casita de Lawton que andando el tiempo se convertiría en un museo visitado por niños como él. Para ella había terminado el cumpleaños del niño, con un beso de hasta mañana, un día que se volvería fecha sagrada para el alma de todos los cubanos de bien.

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