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El 14 de febrero de 1975, Día del amor y la amistad, fue diferente para el pueblo de Cuba, sobre todo para un segmento que por aquel entonces comenzaba una nueva etapa de andanzas por la vida: las mujeres. Ese día, fue sancionado nuestro Código de Familia, vigente hoy, y que constituye para los especialistas un homenaje a la mujer cubana. Quizás por eso fue puesto en vigor el 8 de marzo de este mismo año, Día internacional de la Mujer.

Nuestro código proviene del Código Civil español que estaba vigente todavía en Cuba, y que era del año 1888. Fue además el tercero en el continente americano que se separa del Código Civil, después de Bolivia en 1972 y Costa Rica en 1973.

A la altura de nuestro tiempo, quizás algunos se pregunten por qué tiene una ley tanta importancia, y es simple. Esta pretendió corregir lo que significaba la mujer, sobre todo la casada, y los hijos en la sociedad de acuerdo con la concepción del viejo código español. Si los hijos no eran del matrimonio eran considerados ilegítimos y las mujeres eran sometidas al marido, bajo el dogma de la potestad marital.

El nuevo código liberó a la mujer y le ofreció los mismos derechos e igual nivel de consideración jurídica que al hombre, mientras los hijos todos son iguales, cualquiera que sea el estado civil de los padres.

Hubo muchos cambios más, como la toma en cuenta del mayor beneficio de los menores en casos de litigio, que se adelantó a la Convención de los Derechos del Niño de 1989, y además asumió aptitudes progresistas respecto al divorcio, el cual fue visto desde entonces como una solución a las diferencias de la pareja, no como un castigo, y sus causas dejaron de formar parte de una lista preconcebida. Esa manera de verlo era única en América Latina por aquellos años y aún hoy hay países que no la tienen institucionalizada.

Se trata de un código que regula jurídicamente las instituciones de familia: matrimonio, divorcio, relaciones paterno-filiales, como el régimen de comunicación y la guarda y cuidado de los hijos, la obligación de dar alimentos, adopción y tutela. ¿Sus objetivos? Contribuir al fortalecimiento de la familia y de los vínculos de cariño, ayuda y respeto recíprocos entre sus integrantes.

“Sin embargo, vamos a cambiarlo”, me dirá usted. A actualizarlo, le respondo yo. A tratar de que se parezca más a la Cuba de hoy, a las familias de hoy, que ya no son las mismas, a las condiciones socioeconómicas y culturales de hoy, que tampoco son iguales. ¿Qué se busca en ese Código de Familia, que tantas opiniones levantó cuando se realizó la consulta popular de la nueva Carta Magna, y que forma parte decisiva en el cronograma legislativo de la Asamblea Nacional? Mucho más que matrimonio igualitario. Se busca simplemente toda la justicia para nuestra Isla diversa.

Según la doctora Ana María Álvarez-Tabío Albo, profesora titular de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, se trata de perfeccionar y ampliar múltiples figuras jurídica tomando como base relaciones democráticas y de estricta igualdad, fundamentadas tanto en el ámbito afectivo como en el biológico, y en los principios de dignidad consagrados en la actual Constitución.

Y todo empieza, a su juicio, por el lenguaje jurídico que se emplee: «Que sea preciso, entendible por sus destinatarios, inclusivo, que evite palabras que impliquen jerarquización, subordinación o discriminación, ajustado al texto constitucional y a los tratados internacionales de derechos humanos sobre estas materias ratificados por Cuba».

Las problemáticas más significativas que se detectan hoy y que deben ser abordadas en el nuevo Código están estrechamente relacionadas, entre otros temas, con la igualdad y reconocimiento de todas las formas en que hoy se organizan las familias cubanas; las relaciones parentales y de parentesco; la protección a los adultos mayores y personas en situación de discapacidad; así como la violencia familiar.

En la sociedad cubana confluyen diversas formas de organización familiar, ya sea por uniones consensuales heterosexuales u homosexuales, monoparentales, así como familias reconstituidas o ensambladas, entre muchos otros conceptos, que deben ser reconocidos en el código, así como encontrar una solución legal a los casos de abuelas, tíos, padrastro que tienen a su guarda y cuidado personas menores de edad, porque sus padres residen fuera del país o están cumpliendo misiones de trabajo, y no pueden representar a esos menores o tomar decisiones importantes con transcendencia legal, pues no tienen ningún reconocimiento jurídico. O, en caso contrario, si estas personas no atienden de manera correcta a los menores, tampoco hay mecanismos jurídicos para obligarlos.

Otro caso es el de las adopciones, escasísimas en Cuba, por lo que hay que repensar sus requisitos, aligerar sus formalidades y desterrar todas las trabas que apuntan a los componentes discriminantes, ya sea por edad, color de la piel y discapacidad.

La violencia intrafamiliar, y el cuidado de los ancianos, serán otros temas que no faltarán en la nueva legislacion, para la proteccion de los mas débiles y la exigencia adecuada a los responsables.

El 14 de febrero de 1975, Día del amor y la amistad, se sancionó un código que revolucionó nuestro mundo. A la altura del 2021, sirvan los nuevos tiempos y ese código que está cada vez más cerca para recordarnos que al amor no tiene fronteras, y que debe estar basado en el respeto y la cooperación, las que deben estar extendidas a todos los miembros de la familia, cualquiera que está sea.

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