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Bamboleante en el mar, está el Granma, un yate de recreo para observar puestas de sol y pasear por las costas mexicanas. Su carga supera varias veces el peso permitido, pues va repleto de hombres y de sueños. Libres o mártires, dicen, y están contra reloj.

El 1956 se les termina, y ese el año estratégico. Al menos, eso pensaban entonces. La travesía ha sido dura. El mareo, el oleaje, la mar picada, el poco espacio les hace larga la ruta. Atrás quedan los ejercicios de tiro, la preparación militar para una guerra que saben necesaria. Ahora sólo es mar, y ese deseo infinito de ver costas cubanas.

Pasó el 30 de noviembre, el día convenido para la acción definitiva. Pero no pudo ser. El yate siguió cargado de sueños dos días más, hasta que el manglar los miró de frente en Las Coloradas.

Con el agua en la cintura y las armas alzadas sobre la cabeza están los expedicionarios del Granma en el imaginario popular cubano. Lo que olvidaron contarnos fueron los mosquitos, el hambre y la sed, el cansancio enorme, los miembros entumecidos, los pies llagados dentro de las botas mojadas. El cuerpo adolorido que buscó un poco de reposo y se encontró con las balas. No nos contaron que, como casi siempre, rendirse hubiera sido más fácil. Hubiera sido incluso, lógico.

Sin embargo, es dos de diciembre, 65 años después, el Granma sigue desembarcando en el alma cubana, excedido de carga. Repleto de hombres. Y de sueños.

(Por Daniuska Alvarez Guerrero)

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