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Algunos lloraron, otros se negaron rotundamente a la aventura. Los más disfrutamos entre sudores, olor a campo, ropas de trabajo, albergues, literas y hasta columbinas para aposentar los huesos luego de un trabajo desacostumbrado.

Caminatas de kilómetros variables hasta llegar al reto diario, que en mi caso, a la altura de los 12 o 13 años, me parecía inalcanzable. La recogida de papa, de cebolla, de tomates. Comerse esta ensalada a media mañana bajo el sol, recogido del mismo surco, con el jugo caliente de la fruta en los labios, en las manos…

Canciones, arrastrar la caja, más canciones, juegos, regalos de la profe, descanso bajo el árbol. Las recreaciones en las noches. Las congas en los albergues con la maleta de madera como perfecto instrumento de percusión, los cuentos de miedo: la “taconúa”, los fantasmas, los ahorcados. La luz del Faro de Lucrecia, que se ve en las noches, y “si cuentas hasta 13, vuelve a pasar”. Los baños en las duchas con el agua congelada. Los fines de semana de visita de los padres: flan de calabaza, turrones de coco, pasticas de leche.

Godínez fue mi escuela al campo. Siempre las disfruté, aunque no era lo que se dice “muy productiva”. Amaba la libertad que daba ese tiempo, los juegos, los amigos, las risas, las canciones. No pude ir a Sagua de Tánamo a recoger café y todavía me duele. La escuela al campo era ese momento temido por unos y esperado por otros, que marcaba los cursos escolares de la secundaria básica y otras muchas enseñanzas.

La historia inicio en Camagüey, el 22 de abril de 1966, cuando más de 22 mil alumnos y profesores se movilizaron a las granjas de todo el pueblo durante cinco semanas. Aquellas jornadas, que en un primer momento apoyaron las labores de la zafra azucarera, se extenderían luego a todo el país hasta alcanzar el amplio espectro del mundo agrícola cubano.

A partir de ahí la idea del estudio-trabajo no fue privativa de las escuelas en el campo, sino que llegó también a los centros urbanos, y en mi tiempo de evaluar “valores”, era indispensable para considerarnos adolescentes “laboriosos”.

El tiempo ha pasado, y las condiciones reales del país han cambiado mucho. Y aunque el estudio-trabajo se mantiene como un pilar de la pedagogía cubana, ya nuestros adolescentes no tienen memorias de aquellas movilizaciones que asignaron una época para generaciones.

Controversiales los aportes productivos de infantes sin experiencia en lides agrícolas, pero innegables los que tuvieron como objetivo formar más allá del discurso. Y aunque dolían los pies, y el cuerpo nos olía a la cosecha de turno, por lo menos en mi memoria pocas cosas superan recibir el día rodeado de verde y libertad, haciéndonos grandes más cercanos a la tierra.

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