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Se le quedó mirando con los ojos incrédulos y le espetó en la cara la frase que lo dejó de piedra:A ver, esa gente vieja es de otra época. No tiene nada que ver conmigo. ¿Qué me importa a mí? Esa era otra Cuba.

¿Otra Cuba? ¿Cómo que otra Cuba? ¡Nunca ha habido “otra Cuba”! Había que hacer algo, y rápido. Si no, ese muchachito fresco y atrevido se volvería otra alma perdida para siempre.No existe eso de “otra Cuba”. Es invento. Los cubanos siempre hemos sido los mismos. “Creyentes” y testarudos. Porfiados, vaya. Desde el primer criollo que ya se sintió más isleño y menos español, lo primero que le dio por pensar fue en hacer “lo que les viniera en ganas” con SU país. La nacionalidad cubana esa de la que hablan pasa por una buena dosis de malcriadez e indocilidad. No sé por qué asustarán las madres de hoy las perretas de sus hijos, y la edad tan temprana en que desean hacer su voluntad.

Les viene en la sangre. Es la herencia natural de toda una nación, sedimentada poquito a poco y sin notarlo, pero ahí está. “Rabietas” justas y legítimas, con un solo objetivo: que los cubanos pudiéramos hacer nuestra verdad, pero a la cubana, que nos dejaran solos, y si la “embarrábamos”, ¡pues era nuestro “embarro”, por favor! Pero no. Era muy difícil perder la prenda, y la Isla siempre ha estado en muy buena posición. Geográfica, digo. Y han tenido mucho de qué aprovecharse. Hasta de la ingenuidad de algunos cubanos. Y vaya, que mandar en casa ajena parece que gusta, ¡qué sé yo!

Lo cierto es que es que, con acento español o gringo, muchísima gente se ha aposentado aquí, para mandarnos como si fuéramos bueyes. Y oiga, mijo, no nos da la gana. No queremos. Va y su casa está más linda que la mía, está bien. Pero la mía es mía y yo la amasé con sangre, sabe, con sudor y con lágrimas.

En cada pared de mi casa están mis recuerdos, los pasos de mis hijos, el café de mi señora, la sonrisa de mi madre. Es pobre, pero decente. ¡Y es mía, carajo! Así ha sido siempre. Un burujón de cubanos reunidos junto a sus líderes, que cada cierto tiempo cambiaban de rostro, pero, pero el corazón les latía igualito: cu-ba, cu-ba. Y contagiaba. Y vuelta a la perreta, a la fajazón, para que no nos impusieran nada, por abrir los ojos con dignidad. ¿Usted sabe lo que es la dignidad? Es pararse sin miedo, con la frente alta, y andar por la vida sin pedir perdón, ni permiso, como va usted, por cierto, con la nariz respingada.

Así que no me venga con eso de “otra Cuba”. Es la misma que a todos nos late en el pecho, no importa si en la ventana vemos las palmas o la nieve. La que late así: Cu-ba. Como le late a usted. Respétese, mijo. Usted no nació para vivir de favor, nació para hacer su futuro con sus propias manos. Este país suyo. ¡Suyo!

¡Viejo, el café!

Y allá se fue el viejo, tras el olor de la colada. Sentado, atónito, quedó el muchacho. Con los ojos incrédulos. Con el pelo de mil colores. Con los audífonos colgando sobre el hombro. Pero con el corazón latiendo igual: Cu-ba.     

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