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Playa Morales. Fotos: Lilian Ferias.

No sé si por cosas que tiene la nostalgia, pero la memoria se me incrusta en la línea de costa. Recuerdos de una infancia unida indisolublemente al salitre, a la espuma, a la arena…

El sol nace sutil desde el mar, empapando de luz las olas, poco a poco, como si sonriera. La niña se moja los pies sin miedo del frío. En casa todos duermen, solo ella conversa con el agua, imaginando miles de criaturas que pueden estar allí, esperándola.

Las olas estallan contra las rocas cubiertas de espumas, y es el momento justo para empujar el madero, cada vez más fuerte. Los hermanitos se ayudan, en un desacostumbrado afán de colectivismo. Luchar contra el mar, y perder casi siempre, será la mejor de las diversiones.

El azul profundo se disfruta en silencio. En soledad. La gente grita alborozada justo al lado, pero él más habla más alto. Siempre hablará con el mar. Escuchará sus cantos, sus amores, sus lamentos. Le verterá sus dudas, sus ilusiones, sus sueños. El océano será mudo testigo de su vida. No la abandonará.

Es la Playa Morales de cuando éramos niños. Agreste y simple, con las casitas que le nacieron silvestres, casi besando la espuma. La playa de los erizos, el sargazo, el diente de perro, los caracoles que se esconden en las piedras. La playa de la que hay que regresar con golpes, con raspones, con pinchazos de erizos, con la piel quemada y el mar en las pupilas. La playa de las Ninfas, que para los banenses son mucho más que criaturas mitológicas. La de la pocita “de los niños”, bajo la sombra del antiguo pino. La playa de mis recuerdos, que se me incrustan en la costa, y me huelen a salitre, a niñez. A felicidad.

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