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Le decían Manzanita. Es que la cara se le ponía colorada cuando se esforzaba, cuando gritaba, se emocionaba, se enamoraba. Apodo cariñoso para un muchacho reidor, un jovencito estudiante de arquitectura. Uno más entre los miles de muchachos y muchachas de Cuba, que en aquel entonces eran mirados de reojo por los mayores, mientras murmuraban: “la juventud está perdida”. Igual que ahora.

El ansia de ver a los héroes “perfectos” me aterra. Sé que no lo fueron. Ni siquiera salieron ese 13 de marzo a la calle pensando: “vamos a ser héroes. Van a recordarnos como titanes griegos, envueltos en un manto de gloria”. No. Manzanita salió ese día después del café, con el desayuno atarugado en la garganta. Había que ajusticiar a Batista, dictador asesino de los mejores hijos de esta Patria, y decírselo a Cuba. No salió pensando que todo iba a salir mal. No salió pensando en que iba a morir. No vislumbró su cuerpo baleado frente a la universidad, ni los ojos llorosos de las amigas, los compañeros, la novia, los padres huérfanos del hijo, que es la peor horfandad que puede existir.

Nada de eso vio José Antonio en su andar apresurado hasta el punto de encuentro, sólo hubo tiempo para las órdenes, las recomendaciones de cuidado, los últimos abrazos. A los pocos minutos vendría el asalto al Palacio Presidencial, la huida del tirano, el escape urgente de los asaltantes.

En minutos, contados minuciosamente por la única emisora de Cuba y Latinoamérica dedicada completamente a dar la hora, vería, como en el cine, los pasillos, la cabina de transmisión, el micrófono arrancado de los locutores, (paralizados entre el susto y la admiración), el micrófono que rompería con el ímpetu de su voz.

Pero no pensaría en nada más. Por su mente no pasó que hoy esa cabina sería museo venerado. Ni que su nombre seria santo y seña de un mundo mejor. Y muchos menos que su voz sería escuchada año tras año, como preludio del amanecer.

Por eso no me creo lo del héroe perfecto, inmaculado, sin tacha y sin miedo. Manzanita fue uno más. Un joven cubano como muchos, un muchacho que supo que su deber con la Patria era más grande que su propia existencia, y por eso vive hoy. Simplemente por eso.

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