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Los ojos se humedecen. Uno llega a pensar que con el paso del tiempo el dolor cede, y que la añoranza varía en una recordación serena y dulce. Pero es muy grande el hombre que falta, tan grande que se marchó a destiempo, aun cuando se sabía que su existencia era finita. Pero no lo creían. Nadie quería creerlo.

Tania se echa a reír entre lágrimas. Es una mujer de armas tomar, federada de las de dulzura y fuerza, miembro del Comité Municipal de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) en Banes, investigadora de los asuntos de género, dirigente de base… y una enamorada de Fidel. “Yo sé lo digo a mi marido, y a las muchachitas de la delegación, es que Fidel fue… bueno, no fue, es, una persona impresionante, un visionario, un patriota, un amigo querido… Fidel lo es todo”. De memoria llegan una tras otras las frases, aprehendidas en lo profundo de Tania, una mujer enamorada de un gigante.

“Para la mujer cubana no fue fácil, pero nunca tuvimos miedo, porque sabíamos que Fidel estaba ahí, con un apoyo absoluto, un apoyo irrestricto, una seguridad enorme en que las mujeres sí podíamos, y en que la labor de la mujer dentro de la Revolución era insustituible”, así habla Elsy Ávila Cintra, secretaria general de la FMC en Banes. Allí es normal el ir y venir de mujeres de todas las edades, e incluso muchos hombres, pues allí también radican la Casa de Orientación a la Mujer y la Familia y se imparten los cursos de adiestramiento. Y por eso es normal que al mencionar el nombre de Fidel se reúna un grupo creciente de personas que pugnan por contar su parte de la historia, una historia que debería ser personal, pero que se reescribe en cada corazón, y cada uno tiene que contar dónde estaba cuando fue allá, qué sintió cuando dio aquel discurso bajo el aguacero torrencial, a qué decibeles ascendió el susto cuando tropezó la vez aquella, o lo que le gustaba reírse con las ocurrencias de los niños, o de cómo las viejecitas le acariciaban la barba. Y las miradas se enturbian al recordar el día terrible. Cambian los recuerdos: “yo estaba dormida y me avisó la vecina”, “yo puse el televisor y allí estaba Raúl”, “a mí me lo contaron y no lo creía”. Y el silencio. Porque muchos no lo creen todavía.

Mi abuela hace la señal de la cruz frente al Sagrado Corazón de Jesús que saluda a quien visita su casa. Lo mira con una dulzura anhelante. Ella dice que no le niega nada, porque pide con fe. Y créanme que tiene razón. Pero no pudo concederle la eternidad de Fidel. Abuela recuerda con lágrimas profusas la nada que era antes de Fidel, y cómo se metió de repente en su vida convirtiéndola en otra persona, dándole cosas materiales que no habría podido tener nunca, pero, además, le puso en el pecho una cosa grandísima que es el amor propio, la dignidad, el sentido de sí misma. Para abuela, Fidel es más que amigo, más que padre, más que hermano, más que hijo. Fidel es todo. Y no se sabe bien si le pide milagros al santo que tiene en la pared frente a la puerta o al Fidel enorme del cuadro de la izquierda, que mira sonriente el devenir de mi familia. El de Cuba toda.

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