Read Time:2 Minute, 10 Second

Se hizo silencio. Un silencio terrible, tremendo, hondo, húmedo y seco a la vez. Un silencio que le brotó a la Isla de las entrañas como un alarido mudo, como el chillido escalofriante de la madre a la que se le escapa la vida de un hijo entre las manos.

Tantas veces se ha llorado así. Tantas madres han perdido sus hijos. Unos empezando a vivir, otros, ya crecidos. Da igual. El grito de una madre arranca desde más allá del pecho, de un sitio entre el abdomen y el alma, y resuena en silencio, como si se estremeciera el mismo centro de la Tierra. Así fue la hecatombe.

Antes, la Madre lo había visto llegar, con el remo de proa, bañadas en salitre las ropas. Había besado sus plantas enfundadas en botas, y le acariciaba el pelo en sus andanzas por la manigua tantas veces soñada. Había reído feliz, ante la mirada enloquecida de amor del hijo, sin saber que hacer entre tanto verde, y tanta luz. Había visto su dolor y su enojo en esos días tan difíciles, entre la incomprensión y una lucha de poderes que el Hijo no entendía, pero que aceptaba como siempre, con el alma llena de Sol.

La Madre lo vio escribir aquella carta. Vio la columna española. Vio los ojos resueltos del Maestro. Y trató de apresarlo con toda la fuerza que tenía, con todos sus montes, con todos sus ríos, con todas sus montañas, con todas sus ciudades, sus playas, sus bohíos, sus palmas, sus flores, sus sinsontes cantando en la mañana, su abeja libando néctar, su pescador que rema a la luz de la Luna, sus niños que ríen y sus madres que aman. Lanzó sus brazos para apretarlo contra su corazón. Gritó con todas sus fuerzas. Fue inútil. Martí no la escuchó. Sólo era torbellino. Ira. Palpitar. Huracán.

El ruido sordo detiene el tiempo. Los ojos del Hijo buscan el Sol. El silencio ensordecedor de una Madre enmudece al monte, acalla los murmullos, los trinos y la brisa. Se le ha muerto el Hijo. Se le ha muerto el Hijo.

Años más tarde, un enjambre de niños posan las orejas en el suelo. Se quedan en silencio, escuchando. Es Remanganaguas. Allí late el corazón del Apóstol. Todo él estará en Santa Ifigenia, entre mármoles y honores. Pero su corazón se queda allí, en la verdadera entraña de la Madre. Para que palpite en todos los montes, los ríos, las montañas, en la Luna que brilla, en la mar que besa, en los niños que ríen, en las madres que aman.

[ABTM id=2415]

Happy
Happy
0 %
Sad
Sad
0 %
Excited
Excited
0 %
Sleepy
Sleepy
0 %
Angry
Angry
0 %
Surprise
Surprise
0 %

Average Rating

5 Star
0%
4 Star
0%
3 Star
0%
2 Star
0%
1 Star
0%

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

2 × 5 =