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Casi nunca el héroe sabe que lo es. La heroicidad pasa inadvertida, como una cosa rutinaria, como tomar agua, arreglarse el pelo, cortar una flor. Como cosa de rutina se toman las decisiones más fuertes, las más intensas, las más definitorias.

La generación de los 50 del pasado siglo, que decidió que el futuro estaba en sus manos, y salió a fundar sobre la propia sangre, no eran hombres y mujeres de mármol, alimentados con néctar y ambrosía, salidos de la frente del Dios Padre, como Palas Atenea. La mayoría no tenía el sacrificio por la Patria como máxima meta en su vida, al contrario. Pensaban en estudiar, en trabajar, en casarse, tener hijos, pasear. Vivir. Pero el orden de cosas no permitía más que hacerle frente a las circunstancias y retardar proyectos hasta que Cuba fuera verdaderamente libre. Y así se tomó la decisión de elevarse sobre sus congéneres y marcar el camino.

Unos vieron el final. Otros no. No lo vió Manzanita. José Antonio Echevarría se llamaba. Era llenito de cuerpo, con la cara redonda que se coloreaba como una manzana cuando la emoción subía. Así era cuando hablaba de Revolución con sus compañeros de la carrera de arquitectura, y cuando bailaba, o se reía mucho. Así era cuando se enamoraba. Y también era así cuando guiaba a la Federación de Estudiantes Universitarios en la Universidad de La Habana, y ese día 13 de marzo, al amanecer, cuando tragó el café mañanero, que le calentó los huesos y le hizo pensar en la familia, en la niñez.

Rápido regresó a su mente el plan: un grupo tomaría el Palacio Presidencial y ajusticiaría al tirano. Asco le daba pensar en él, en su rostro fresco mientras los jóvenes morían en las cárceles, luego de torturas inimaginables; mientras los cadáveres destrozados aparecían en los caminos. Una vergüenza, pensó, mirándose al espejo, terminando de peinarse.

Un rubor rabioso le cubrió el rostro otra vez. Pero era necesario estar concentrado. A él le tocaba ejecutar una acción riesgosa, y trascendente. Entrarían a Radio Reloj, y le dirían a toda Cuba que iniciaba una nueva vida, que el tirano había sido eliminado por el futuro. Sonrió. Cerró la puerta. Marchó a la historia. El rostro colorado por el esfuerzo, el micrófono vibrando con la resonancia de la voz, los locutores atónitos sabiendo que presencian un punto de no retorno.

Su cuerpo agujereado, su sangre bañando una calle habanera, que será años después visitada por los universitarios cubanos. Esos que marchan a estudiar, a aprender, a crecer y a construir, gracias a él. A una decisión que se tomó simplemente. Como quien toma agua. Como quien se arregla el pelo. Como quien toma una flor. Como quien respira, se hace la Historia.

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