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Solo quien ha sentido la inmensa preocupación por un abuelo, un padre, un anciano enfermo, sabe que esta alegría es sinónimo de esperanza. La covid-19, desde su inicio, dejó claro que iba a cebarse en los mayores. En las canas y las arrugas. En las manos callosas y las espaldas encorvadas. En la Historia.

Porque es la Historia lo que son nuestros ancianos. Casi siempre los horcones familiares, los fundadores de las tradiciones, esos con largas trayectorias laborales en la calle y en la casa. Los padres exigentes, los abuelos amantísimos, los bisabuelos dulces. Y qué dolor cuando se convierten en una imagen en una esquina, o peor, en un mandadero. Qué dolor cuando se piensa, y peor, se les dice, que “a su edad no necesita nada”. Qué tristeza cuando tantos años se convierten en soledad, aún cuando estén rodeados de personas.

Fotos: Karen Rodríguez Castellanos

Y qué bendición esos hogares donde ocupan su trono, como reyes y reinas, y reciben el cuidado y el cariño de sus hijos, nietos, bisnietos. Esa armonía familiar, esa presencia insustituible, es lo que amenaza la covid-19. Eso es lo que ha alterado y roto en muchos hogares banenses, ese contacto salvador que nos llega al alma, ese amor infinito, ese no olvidar.

Por eso emocionan las enfermeras y doctores llegando a las casas de nuestros ancianos a llevarles esperanza. Por eso cambia el día y el año de una familia saber a sus mayores más cerca del final de esta pesadilla. Por eso la Abdala llega como beso martiano para esa generación bendita a los que el Apóstol tanto amó.

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