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El acercamiento al héroe casi siempre es en la escuela. Digo casi siempre, porque en algunas casas a los héroes se le sienta a la mesa, se le lleva a paseo, se les hace partícipe de lo que vive la familia.

Pero, casi siempre, es en la escuela. Y puede ser de diversas formas: puede ponerse un tema en la pizarra que diga: “Antonio Maceo, el Titán de Bronce”, y el maestro dictará que era “un revolucionario valiente, hijo de Mariana y Marcos, que participó en la invasión a Guantánamo, protagonizó la protesta de Baraguá”. O puede, como en mi caso, quedarse atónito ante la maestra que muestra la imagen de un Maceo que mira a un lado, y pregunta: “¿A quién mirará el General? ¿Quizás a una columna española que se acerca? ¿O a una hermosa mulata que atraviesa el campamento”?

Y así, de repente, Maceo cobra vida y es uno de los nuestros, vivo, cubano rellollo. El Maceo que encanta a las mujeres y abruma a los hombres, el que logra que muchos años después sus soldados lo añoren y lo respeten como si estuviera entre ellos, porque siempre será su General. Con una maestra así, se sentirá el calor de Mangos de Baraguá, el frío de las madrugadas cruzando la trocha, se detendrá el tiempo al verlo caer en Punta Brava.

Maceo, a partir de entonces, se hará indispensable, marcará el camino, evaluará las decisiones. El Maceo más nuestro, no el de las estatuas y los himnos, sino el mulatico travieso que abrazaba Mariana cuando le enseñaba que el amor a Cuba es el más grande del mundo.

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